S.O.S. Mi hijo me pega

S.O.S. Mi hijo me pega

Muchos niños pegan a sus padres cuando se enfadan. No sucede porque la familia esté desestructurada ni es un problema de «modales» o de posibles trastornos psicológicos. Este comportamiento está más relacionado con el tipo de personalidad del niño, la incapacidad del niño de gestionar sus emociones y el ejemplo que les demos a la hora de gestionar el conflicto y las discusiones. Pero, invariablemente, todos los padres que sufren la agresividad infantil se preguntan: «¿por qué mi hijo me pega?»

Hijos que pegan a sus padres, ¿por qué lo hacen?

No todos, pero algunos niños y niñas intentan empujar, golpear, insultar, morder, pellizcar, arrojar objetos o agredir de alguna forma (física o verbal) cuando están en medio de una gran rabieta. Son situaciones sensibles y chocantes que duelen a los padres, que se plantean: «¿por qué mi hijo me pega?»

Muchos padres se quedan petrificados mientras otros reaccionan con violencia (dando un cachete, gritando o castigando al niño), pero a todos les preocupa por qué sus hijos tienen esas reacciones agresivas contra ellos. «Mi hijo me pega, ¿por qué lo hace?, ¿Es que me odia?».

No, no te odia. Para empezar, no es algo «personal». El mismo niño se comportaría igual (agresivamente) al discutir o enfrentarse a cualquier otra persona (de su edad o no) con la que tuviera la suficiente confianza y con la que estuviese discutiendo.

S.O.S. Mi hijo me pega

Detrás de este problema suele haber un cúmulo de factores. En los niños más pequeños es frecuente que la causa sea la falta de gestión emocional. Y en todos influye, por supuesto, la personalidad y el temperamento del niño. Otro factor (que no siempre es determinante pero sí influye mucho), es el tipo de disciplina y la manera en la que esta se inculca en los niños, ya que estos necesitan normas y límites, pero respetuosos.

La educación excesivamente permisiva (la jerarquía de igual a igual con los padres) es igual de nociva que la exageradamente estricta. Asimismo, los temperamentos fuertes y la baja tolerancia a la frustración que muestran los niños más pequeños, así como su impulsividad y la falta de empatía característica de la infancia, son aspectos que influyen en el comportamiento agresivo de los niños.

La edad es otro punto muy importante a tener en cuenta. Al hablar de agresividad infantil lo primero que tenemos que tener en cuenta es qué edad tiene el niño o la niña. No es lo mismo que un niño de 15 meses pegue a quien le ha quitado su juguete, a que un niño de 6 años empuje a su madre cuando se enfade, o que uno de 16 años agreda a su hermano cuando discutan.

En el caso de los adolescentes, la problemática es más compleja y requiere mucho más trabajo (e incluso asesoramiento profesional). Es mucho más fácil corregir la agresividad infantil en los más peques de la casa (antes de los 6 ó 7 años de edad, cuando aún están formando su personalidad).

Agresividad infantil hasta los 3 ó 4 años

Los niños de 2 ó 3 años muestran a menudo conductas egoístas y agresivas cuando se enfadan. El ejemplo más común es el típico berrinche en el que patalean, empujan, golpean, tiran objetos y dan patadas, empujones o mordiscos a las personas que les cuidan. Incluso pueden llegar a golpearse a sí mismos.

Todas estas son reacciones normales ante la frustración (a esa edad). Es decir: son conductas previsibles por su edad y momento madurativo. Es habitual que, al no conseguir lo que quieren, los niños pequeños se frustren, se enfaden y ejerzan violencia. 

En realidad, no tienen verdadera intención de dañar. Es, simplemente, su respuesta emocional de ira explosiva contra la persona que no les permite conseguir lo que desean.

En esta edad los niños no saben gestionar ni controlar sus emociones (apenas las identifican). Por tanto, carecen de estrategias para lidiar con los conflictos o las sensaciones negativas.

Cuando mi hijo me pega a partir de los 5 ó 6 años 

Cuando el niño que pega ya tiene 5 años o más, a veces sucede porque «sienten» (no tiene que haber correlación con la realidad, pero ellos así lo sienten) que es la única manera de conseguir ser escuchados

Creen que si mantienen una actitud serena ante el conflicto, no serán debidamente escuchados ni atendidos, o no tendrán oportunidad de conseguir lo que desean. La explosión de ira centra sobre ellos la atención. Atención que, a lo mejor, no estaban consiguiendo de otra manera.

Observa cómo es tu propia conducta justo antes de la conducta agresiva de tu hijo para saber si hay algo que tú puedas estar haciendo para favorecer su estallido. Analiza si cuando tu hijo o hija está tranquilo y reclama tu atención o ayuda, no le escuchas con atención, no atiendes sus necesidades porque estás ocupada en otra cosa o no te muestras empática y disponible.

Es habitual que si los niños y niñas quieren algo y no se sienten escuchados, suban el tono de voz o pasen a pedirlo de otra manera (generalmente, menos adecuada). En este caso, los adultos tendemos a atenderles casi de inmediato (cuando vemos su explosión emocional), aunque sea para regañarles.

Los niños prefieren ese tipo de atención negativa hacia su persona, que sentirse ignorados. Si los niños aprenden que pedir las cosas de manera violenta les ayuda a conseguirlas, estamos reforzando su conducta negativa sin darnos cuenta. Así aprenden que la violencia es una forma válida de satisfacer deseos.

¡Pero no puedo consentirle todo! ¡Y menos si mi hijo me pega!

No, ni puedes ni tampoco debes. Por supuesto, no todas las peticiones que realizan los niños deben ser consentidas. En muchas ocasiones no será posible o adecuado darles lo que piden. En cambio, prestarles atención y centrar en ellos nuestro interés sí que es importante, aunque se enfaden y tengan que aprender a manejar su frustración.

Es necesario hablar con los niños para hacerles reflexionar sobre las conductas que nos dañan centrando el foco de atención en lo que sentimos con su proceder, no en el niño. Por ejemplo: diciéndoles que nos ponemos muy tristes cuando nos gritan.

Niños desobedientes

Así nos referimos a su conducta, pero no etiquetamos al niño (no le llamamos «abusón», ni maleducado, etc.), que es algo mucho más dañino. Los niños se creen las etiquetas que les ponemos y, en base a ellas, se autodefinen.

También es importante orientarles para conseguir las cosas que quieren de otra forma, por ejemplo: enseñándoles a expresar su punto de vista y negociarteniendo en cuenta no solo sus propias necesidades; sino también a los demás y sus opiniones.

Asimismo, prepararles ante la negativa les hará irse dando cuenta de que no siempre es posible conseguir lo que uno quiere y cuando quiere. Así, poco a poco, conseguiremos evitar muchos de los episodios de agresividad infantil.

Cuida cómo reaccionas, tú eres su ejemplo

Lo primero y más importante es darles ejemplo. Si nosotros mismos tenemos tendencia a perder los papeles con facilidad, enfadarnos o gritar en una discusión, es más que probable que ellos hagan lo mismo cuando se enfaden. Nosotros somos su referencia y, desde pequeños, copian sus conductas de las nuestras.

Nadie se da por aludido al hablar de «pegar a los niños» aunque sea una práctica que (aunque por fortuna esté cada vez más en desuso) aún se siga usando. Dar un azote está tan normalizado, que incluso quienes lo hacen son capaces de relativizar y justificarse quitándole importancia.

Sin embargo, al igual que es delito entre adultos, en los niños la agresión física es abuso infantil, maltrato y vulneración de los derechos humanos. Bajo ningún concepto, nunca es justificable. Así lo ratifican numerosas sentencias de tribunales en nuestro país. 

Si no conoces alternativas para relacionarte con tus hijos desde el respeto cuando te pones nervioso o nerviosa, pide ayuda y aprende herramientas de Disciplina Positiva.

¿Y si mi hijo me pega, qué hago en ese momento?

En primer lugar, lo mejor que puedes hacer en ese momento es apartarte de la situación, no para evadirte, sino para abordarla bien y en el momento adecuado, cuando los ánimos del niño (y los propios) estén más calmados. Puedes decir algo así como: «No me gusta que me griten/peguen, así que me voy a ir y cuando te calmes puedes venir a buscarme y seguimos hablando». Se trata, en todo caso, de ignorar la conducta negativa, no al niño.

Ahora tienes que cumplir con tus palabras y demostrarle al niño que, al igual que no estás dispuesta a dejarte «maltratar» (ni física ni verbalmente); cuando se calme sí que estás dispuesta a prestarle atención.

De esta manera estará recibiendo dos mensajes importantes para su desarrollo: uno, que sus necesidades y sentimientos son importantes para nosotros; y dos, que también lo son los nuestros y que si alguien no nos trata bien, SABEMOS PONER LÍMITES (y así también les estaremos enseñando a ellos a hacerse respetar de forma pacífica ante terceros). 

Es importante que estemos disponibles para continuar y resolver el conflicto cuando el niño se serene, ya que así le enseñaremos cómo nos gusta que nos traten y de qué forma es más probable que le prestemos atención.

El mensaje es claro: «Te quiero, entiendo que puedas enfadarte, pero no me gusta ni consiento que me traten así y prefiero apartarme si sucede, porque las conductas agresivas no son adecuadas ni deseables«.

Tú eres el adulto, resolver el conflicto es tu responsabilidad

No podemos entrar en una discusión con los peques. Como adultos, debemos ser capaces de reconducir la situación sin contagiarnos por su estado emocional, actuando como pacificadores de sus emociones y desempeñando la autoridad que, como padres, nos corresponde ejercer. Siempre de forma respetuosa y sin perder la paciencia.

Igual que no debemos reaccionar con agresividad, tampoco (aunque sean nuestros hijos y les queramos mucho), debemos consentir ninguna conducta agresiva o de menosprecio. Los límites son importantes para todos.

¿Por qué desobedecen los niños?

Los estudios revelan que los niños que desarrollan conductas agresivas a edad temprana, tienen tendencia a continuar este comportamiento cuando son mayores. Así que cuanto antes lo frenemos, mejor.

Por supuesto, hace falta tener paciencia, empatía, serenidad y constancia para que esto vaya cambiando con el tiempo. Aunque cumplamos al pie de la letra nuestro papel, un niño habituado a estallar violentamente (o ante determinados estímulos, como apagar la televisión para irse a la cama), no cambiará su actitud de la noche a la mañana.

Debemos tener en cuenta cuán arraigado está el hábito en él y cómo de desarrollado está el proceso madurativo de nuestro hijo para procurar ser realistas con nuestras propias expectativas respecto a ellos.

 

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