Cómo ayudar a nuestros hijos a dormir solos y combatir sus miedos nocturnos

Ya sabéis que soy partidaria de la maternidad afectiva, la crianza con apego y el colecho y sus múltiples beneficios. Cinco años después, nosotros seguimos colechando. Sin embargo, una de las mayores dudas que se plantean las familias que comparten cama con sus peques es «¿Hasta cuándo?». A veces sentimos que ya está llegando el momento, que ya son mucho más independientes y autónomos y nosotros necesitamos ir recuperando nuestro propio espacio y una mayor calidad de descanso. Pero, ¿qué hacer cuándo los peques aún no quieren dormir solos?

¿Por qué los niños no quieren dormir solos?

Cuando son bebés, lloran. Cuando son niños pequeños, te ponen una y mil excusas para retrasar el momento de irse a la cama. Luego te piden que les leas un cuento (o diez), que les traigas agua, que te quedes con ellos en la cama… A todos los niños les cuesta dormir solos.

A veces esto puede ser un fastidio para los adultos, que a veces estamos cansados, no tenemos paciencia, perdemos la calma y pensamos que «lo está haciendo a propósito”. No es cierto. Los neuropsicólogos aseguran que cada vez que un bebé o un niño pequeño llora, tiene una buena razón para hacerlo.

Si nos esforzamos por ponernos en sus zapatos y entender sus motivos, seremos capaces de entender mejor en qué situación se encuentran nuestros hijos y cómo se sienten cuando se enfrentan a dormir solos. Las necesidades emocionales en los niños (y en todos los seres humanos) son tan importantes como las físicas.

Los adultos nos sentimos a salvo en nuestros hogares, sabemos que la noche no es peligrosa y podemos conciliar el sueño sintiéndonos seguros. Sin embargo, pasar a dormir solo es un proceso muy duro para un niño pequeño.

Nos han metido en la cabeza que «tienen que dormir solos» porque si no les vamos a hacer dependientes, miedosos e inseguros, pero no hay evidencia científica que confirme esto. Hasta hace pocas décadas, las familias compartían dormitorio durante muchos años y, de hecho, en muchas culturas se sigue practicando el colecho y lo que se ve mal es, precisamente, dejar a un bebé durmiendo solo.

Los bebés y niños pequeños son dependientes para todo (comer, bañarse, caminar, vestirse…), también para dormir. Es necesario prestar atención a su proceso madurativo y no forzar sus ritmos. Del mismo modo que no se puede intentar que un niño camine con seis meses, no podemos pretender sacarlo de la habitación, dejarle solo y que lo lleve fenomenal. A los niños les cuesta, y a algunos más que a otros, porque no hay dos niños iguales.

En general, a los seres humanos no nos gusta sentirnos solos. Y el niño necesita sentir que sus padres van a estar ahí en cualquier momento. Es la teoría del apego de la que ya hemos hablado con anterioridad en el blog: el apego seguro hace que el niño tenga confianza y seguridad.

Cuanto más rápida, constante y fiable sea la respuesta de la madre (o quien desempeña el papel de figura de apego) en el cuidado del niño, mayor confianza y seguridad psicológica desarrollará el niño en sí mismo a lo largo de su vida.

Se ha demostrado que los niños que han desarrollado un apego seguro, no solo tienen más confianza en sí mismos y una mejor autoestima, sino que también se muestran más solidarios y empáticos, y establecen vínculos afectivos más seguros con otras personas en su edad adulta.

Cómo podemos ayudarles a dormir solos

Es mucho más sencillo que los peques duerman solos si mantenemos unos buenos hábitos de sueño: baño, masaje, pijama, cena, cuento, etc. Las rutinas son primordiales para los peques, ya que les aportan estabilidad, confianza y seguridad.

Lo primero y más importante a tener en cuenta a la hora de trasladarles a una habitación propia, es tener claro que debemos acompañarles en la primera fase de la rutina de sueño (está comprobado que la lectura antes de dormir, favorece el sueño y el vínculo familiar) para hacer que se sientan tranquilos y acompañados.

Las primeras semanas es muy probable que tengamos que meternos con ellos en su cama o sentarnos a su lado y quedarnos un ratito hasta que terminan de dormirse. Mecerá la pena el esfuerzo porque, poco a poco, se irán acostumbrando a la nueva rutina paulatinamente.

Cuando ya estén acostumbrados, podemos probar a levantarnos y decirles que estaremos ahí al lado, que tranquilo/a, y salir de la habitación. Si vemos que el peque se altera mucho, es que tenemos que tener más paciencia y no forzar sus ritmos.

También debemos seguir atendiéndoles cuando lloren o nos llamen. Si el niño siente que se atienden sus necesidades, le será más sencillo quedarse a solas y dormir tranquilo, sintiéndose seguro y con buena autoestima y confianza en sí mismo.

Una vez el niño se haya hecho a que no te sientes en su cama y a que salgamos de la habitación, se irá a la cama cada vez más tranquilo hasta que se acostumbre a dormir solo. Si en algún momento nos pide volver al paso anterior, debemos a hacerlo y vuelta a empezar. ¡No pasa nada! Puede que nuestro cachorro necesite más tiempo, y hay que entenderlo.

El miedo a la oscuridad

El miedo a la oscuridad es uno de los mayores hitos a los que se enfrentan los niños pequeños que están empezando a dormir solos. De noche, las sombras hacen dibujos extraños en las paredes, los pasillos son larguísimos y las puertas cerradas generan sensación de soledad.

Debemos procurar entender todo esto desde los ojos de un niño y comprender cómo se sienten para poder ayudarles. El miedo a la oscuridad es de los más típicos de la infancia. Por la noche ocurren cosas misteriosas. Si abrimos los ojos no vemos nada y no sabemos qué nos rodea.

Eso nos hace sentir intranquilos. La oscuridad también es incómoda para los adultos, pero para los niños puede ser motivo de auténtico terror. El temor a la oscuridad suele llegar a los tres años y se mantiene hasta los ocho (más o menos). Es el momento en el que el niño empieza a tener un verdadero pensamiento propio y desarrolla la imaginación.

Con el desarrollo de la imaginación vienen los temores. El niño se pregunta qué hay en la oscuridad, qué ha sido ese ruido o qué se oculta en las sombras, debajo de la cama o en el armario. Con la oscuridad, la silueta de los objetos cobra otro significado y se ven formas extrañas y amenazantes. Además, los niños asocian oscuridad a desamparo y soledad.

Evitarlo con luces quitamiedos

El miedo a la oscuridad es algo normal que suele desaparecer de manera natural con el tiempo. Solo en casos muy excepcionales, este miedo deriva en una fobia (nictofobia) y persiste durante la adolescencia o incluso la edad adulta (en casos así, conviene recurrir a la ayuda profesional). Pero esto sucede es muy escasas ocasiones.

Para ayudarles a combatirlo, lo mejor es optar por una iluminación tenue que no perturbe su descanso, pero le permita observar su alrededor si se despierta en mitad de la noche. Las luces automáticas que se encienden solas cuando detectan movimiento son muy útiles si se colocan en cuartos de baño y pasillos. Son perfectas si los niños se levantan de la cama en mitad de la noche.

En la habitación infantil, lo mejor es dejar una luz encendida. Esta ha de ser muy suave, ya que a oscuras el sueño es más profundo y reparador (la luz estimula el sueño ligero y el descanso es menor). Pero las luces quitamiedos son un buen recurso durante la infancia ya que, como su propio nombre indica, están específicamente diseñadas para estas situaciones.

En Mumuchu tenéis una buena variedad de ellas, nosotros llevamos un mes con el proyector quitamiedos tortuga tranquila Cloud B y nos parece maravilloso (tanto al peque, como a mí). Se trata de un proyector de peluche con melodías naturales y forma de tortuga, que proyectar un efecto luminoso de aguas submarinas.

Es una luz quitamiedos que proporciona una gran experiencia sensitiva de relajación y tranquilidad para los niños (¡y los adultos!). El cuerpo de la tortuga es de felpa, muy suave al tacto, y el caparazón es de plástico rígido y brilla en un relajante color aguamarina, al tiempo que proyecta un efecto submarino de suave movimiento de olas.

Su caparazón no se recalienta y se puede ajustar el brillo. Además, reproduce dos sonidos: una melodía tranquila y una melodía de olas del océano (que es nuestra favorita). Se puede ajustar el volumen hasta 6 niveles y cuenta con apagado automático pasados 23 minutos, lo que garantiza silencio y oscuridad completos durante el sueño profundo del niño, tal y como recomiendan los pediatras. ¡Y queda preciosa como luz de mesilla de noche!

También nos da a elegir entre dos efectos visuales: suaves olas en movimiento o estáticas. Su uso, además, es muy sencillo e intuitivo (tan solo 3 botones: encendido/apagado, luz y música + otros 2 de ajuste de sonido: + ó -). Es tan sencilla de usar que al tercer día ¡mi hijo ya la configuraba él solito!

No requiere enchufe a corriente eléctrica, ya que funciona con pilas (3 baterías de tipo AA que vienen incluidas y se colocan en un cajetín de seguridad, que va atornillado y cubierto con una suave felpa).

Por todos estos motivos nos ha gustado muchísimo más que los típicos proyectores de luces y formas multicolores que, junto a sus canciones estridentes, sobrestimulan a los peques en lugar de inducirles al sueño y al descanso.

Mi hijo (que adora todo lo relacionado con el mar y el océano) está encantado con ella, que es lo importante. Y ya tiene el hábito de encenderla y quedarse observando las paredes y el techo de su habitación inundado de olas…

El efecto es relajante incluso para mí (como me despiste, me quedo frita a su lado… ¡ya me ha pasado!). También me tranquiliza saber que se apaga sola. Así puedo salir del cuarto y no tener que volver al rato para desenchufarla. ¡Todo son ventajas!

 

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