Hipercrianza: lo que esconden las familias «perfectas»

Aunque nos parezca lo más adecuado para cuidarlos, la sobreprotección de nuestros hijos y su hipercrianza les convierte en personas infelices, inseguras, dependientes y con altos niveles de insatisfacción personal.

Hablamos de esos padres y madres «perfectos» que lo hacen mejor que nadie… y lanzan al mundo a niños infelices.

La hipercrianza o cómo criar niños infelices

La hipercrianza es un modelo de crianza “por exceso”. Ante el temor de que a nuestros hijos les falte algo, sufran o no estén debidamente atendidos, surge la figura del progenitor o el abuelo “hipercriador”.

La figura del hipercriador es la de aquel adulto que les sobreprotege, se convierte en “servidor” de los niños, vive en un estado de preocupación constante por que les suceda algo, les halagan en exceso, no les señalan sus errores (porque a menudo ni los ven), no les guían en sus equivocaciones y les conceden todos los caprichos. O bien la figura de aquel adulto que les exige demasiado, procurando criar «niños perfectos».

Inteligencias Múltiples

Como consecuencia crían niños inseguros e hiperdependientes o niños y niñas que tienden a comportarse como «pequeños dictadores» que todo lo exigen (porque les han hecho creer que todo lo merecen). Niños con escasa capacidad empática, nulo sentido del agradecimiento, poca capacidad de resiliencia y apenas habilidades sociales.

Se trata de niños que se van a los extremos, desarrollando la personalidad del «pequeño dictador» o del «niño invisible» debido a su mala autoestima (por exceso o defecto de ella) y bajos niveles de resistencia a la frustración. Niños constantemente insatisfechos e infelices. Todo ello como consecuencia de una atención excesiva. O, en otras palabras: como consecuencia de su hipercrianza.

Consecuencias de la hipercrianza

Lo más curioso de este tipo de comportamiento es que los «hiperpadres», las «hipermadres» o los «hiperabuelos» están muy orgullosos de estar involucrados en cada aspecto de la vida de sus hijos. Son figuras “hiperpresentes” que todo lo controlan.

Creen de verdad que así se convierten en los mejores progenitores del mundo y también ven a sus hijos como a los mejores. En definitiva, interiorizan y proyectan la imagen de la «familia perfecta».

Defienden la suya como la más correcta de las crianzas, cuando en realidad el equilibrio emocional y personal de los niños les aleja de la felicidad. Y es que las consecuencias del exceso de protección, atención y cuidado no son pocas. He aquí algunas de las peores:

1. Sentimiento de inferioridad y baja autoestima.

Los padres interiorizan lo que para ellos es el ideal del «niño perfecto» y lo proyectan en sus hijos. A medida que pasa el tiempo, cuando los niños (que solo son niños) no cumplen esos ideales, aparece en los hiperpadres la decepción. Cuando los peques perciben la desilusión en sus padres, se deteriora su autoconcepto y se sienten inferiores y fracasados.

2. Ansiedad y estrés.

La hipercrianza va de la mano de la “hiperactividad educativa”. Los hiperpadres, en su afán porque sus hijos sean «más» (más listos, más perfectos, más capaces) suelen apuntar a los pequeños a múltiples actividades extraescolares desde muy corta edad (aunque a menudo ni siquiera sean del interés de los propios niños). Poco a poco, se obtienen niños estresados con un nivel de ansiedad semejante al de los adultos.

3. Inseguridad y escasa capacidad de frustración

Los padres que llevan a cabo la hipercrianza no toleran el error en sus hijos, pero criar niños inmunes al error o al fracaso es imposible. Por lo tanto, lo que consiguen es criar niños inseguros, incapaces de tomar decisiones por miedo a equivocarse y sufrir el enfado o la decepción de sus progenitores.

Por otra parte, los pequeños se vuelven adultos extremadamente perfeccionistas, en un intento de compensar el sentimiento de fracaso que tenían de niños, perpetuando a menudo este modelo con sus propios descendientes.

4. Exigencia desmesurada y carácter caprichoso

Por otra parte, los niños y niñas criados en el exceso de mimo y caprichos, se creen con derecho a recibir todo aquello que se les antoja, por el mero hecho de desearlo y pedirlo.

5. Capitalismo emocional

Quizás, la peor consecuencia de todas sea el terrible capitalismo emocional en el que crecen y que interiorizan estos niños: «me quieren por lo que hago, valgo lo que consigo», cuando en realidad los niños necesitan nuestro amor incondicional, sentirse queridos por ser ellos mismos, sin necesidad de hacer nada a cambio. Solo existir.

¿Dónde está el límite?

¿Cómo no vamos a poner toda nuestra atención y cuidado en la crianza de nuestros hijos? Para todo existe un límite y, como dice el refrán: «la virtud está en el término medio». Todos los bebés y niños pequeños necesitan el afecto y la atención continua de sus progenitores. Como consecuencia, a menudo nos cuesta un poco encontrar el sano equilibrio.

Ese sutil límite se establece en la frontera a partir de la cual nuestra intervención afecta a su autonomía personal, perjudicando su desarrollo e impidiendo su crecimiento o enriquecimiento personal. Sobreproteger e hipercriar a los niños es caer en la toxicidad emocional y generar relaciones de codependencia. 

La crianza no es control, el apego no es necesidad, educar no es asfixiar y proteger no es cortar las alas

Todos los niños y niñas que hoy son pequeños, se convertirán en adultos el día de mañana. Lo saludable es que se transformen en adultos autónomos, capaces de tomar decisiones y hacerse responsables de sus vidas. En este sentido, sobreproteger a los niños es desprotegerlos.

Hipercriar a nuestros hijos es lanzar al mundo a niños infelices. Es crear niños y niñas ansiosos, impacientes, dependientes, con miedos, inseguridades y baja tolerancia a la frustración. Todo lo cual, además, se refleja en su aprendizaje y posterior rendimiento académico.

 

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