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10 Claves para enseñar a los niños a ser más asertivos

Hace poco hablábamos en el blog sobre la importancia de practicar la comunicación asertiva con los peques y así transmitirles la potente herramienta de la asertividad y, de paso, también enriquecernos nosotros. Ser más asertivos nos conecta con nuestras necesidades y nos confiere la habilidad de comunicarlas con serenidad para tener más posibilidad de satisfacerlas. Dicho de otra forma: la asertividad es el don de saber pedir, una cualidad clave para la felicidad.

10 Claves para ser más asertivos

Cuando consentimos que nuestros deseos y necesidades no sean tenidos en cuenta, la reacción típica es terminar estallando de forma incontrolada. Al hacerlo, sin darnos cuenta nos nos boicoteamos a nosotros mismos, ya que esta forma de proceder aleja a los demás de nosotros y rompe toda posibilidad de empatía. De esta forma, nosotros mismos alejamos la posibilidad de ser escuchados y satisfechos.

Esta es una recopilación de técnicas y herramientas que los expertos han demostrado que son útiles para mejorar nuestra asertividad. Es importante animar a los niños y niñas desde pequeños a ponerlas en práctica, y así las irán interiorizando poco a poco:

1. Reemplazar los pensamientos negativos

Emociones y pensamientos están íntimamente ligados. A menudo no podemos pedirles a los peques que cambien lo que sienten. En una sana educación emocional las emociones se validan. No se combaten ni se desprecian; sino que se legitimizan. Esto es clave para el desarrollo personal de nuestros hijos e hijas, para la formación de su autoimagen y para su autoestima.

Sin embargo, sí podemos trabajar con ellos para ayudarles a cambiar la forma en la que las interpretan. Esto resulta básico para una correcta gestión emocional. Para empezar, tenemos que trabajar con ellos para enseñarles a sustituir los pensamientos negativos que nos surgen cuando advertimos una carencia, necesidad, deseo insatisfecho o derecho vulnerado.

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Se trata de cultivar el don de pensar egoístamente en positivo. Por ejemplo: Luis no quiere prestar su juguete nuevo a su amigo Daniel. Daniel se enfada con él y le recrimina no querer compartir con él sus juguetes. Luis se siente mal porque Daniel se ha enfadado y siente que no es un buen amigo por no querer prestar sus cosas. La consecuencia es que Luis se siente mal por haber autosatisfecho su necesidad de jugar con su nuevo juguete actuando como más le apetecía en ese momento.

¿Veis donde está la trampa? Aprender a poner límites a todo aquello que nos hace sentir mal es importante para vivir una vida plena y auténtica, en coherencia con nuestros deseos y necesidades. El trabajo aquí pasaría por decirle a Luis que no es un mal amigo por no querer prestarle ahora mismo su nuevo juguete a Daniel.

A Luis no le apetecía prestar «ese» juguete en «ese» momento. Eso no le convierte en un mal amigo ni en mala persona. Luis experimenta tristeza y malestar por la reacción de su amigo ante su límite, pero hay que enseñarle a que cambie el pensamiento asociado a esa emoción («soy mala persona») para evitar que se convierta en un adulto del que los demás puedan aprovecharse por un concepto de generosidad mal asimilado.

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Ayudarle a cambiar este pensamiento por una visión más positiva y personal como «Merezco que me respeten. A mí, a mis cosas y al deseo o no de compartirlas. Tengo derecho a no querer prestar un juguete nuevo que estoy descubriendo y con el que yo estoy disfrutando en este preciso momento».

Solo si Luis se convence de estar en el derecho de expresar sus sentimientos y defender sus ideas, podrá hacerlo sin herir a nadie.

2. Comprender que la gente no puede leernos la mente

Como decía al comienzo del post: ser asertivos es, sobre todo, tener el don de saber pedir. Un gran y clásico error de la gente pasiva o pasivo-agresiva es suponer que la gente sabe qué está ocurriendo en nuestro interior. Cuando creemos esto y sucede algo que nos contraria, nos sentimos injustamente tratados y caemos en la trampa del victimismo y la autocomplacencia.

Los peques suelen pensar que sabemos lo mucho que les apetece o necesitan tal o cual cosa (cuando muchas veces no nos damos cuenta de que algo les está molestando), y suelen tener dificultades para identificar y expresar sus emociones y necesidades. 

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En este sentido, es importante decirles que si quieren que la gente tenga en cuenta sus deseos y necesidades, deben empezar por expresarlas claramente. Esto no siempre garantiza que sean satisfechas (no siempre será posible o existirá acuerdo entre las partes), pero es un primer paso excelente para abrir una nueva vía: la de la negociación. Y cuanto más se practique esta habilidad, tanto más se pulirá y aumentarán sus posibilidades de conseguir lo que desean y/o necesitan (si está legitimizado).

Por ejemplo: Marcos se enfada mucho cuando su mamá se entretiene a hablar con gente por la calle. La mamá de Marcos no entiende por qué su hijo está tan de mal humor ese día. Marcos tiene prisa por llegar al parque para jugar con su amigo Pepe. Sabe que se va pronto a casa y si Marcos llega tarde, los dos amigos no podrán verse. ¡No entiende por qué su mamá no se da prisa! La consecuencia es que ambos acaban enfadados con el otro.

El trabajo aquí consiste en enseñarle a Marcos que expresar sus deseos es mucho mejor que enfadarse porque su madre no cumpla sus expectativas.

3. Defender «tu» verdad, no «la» verdad

La asertividad nos exige tener cierto control sobre la «ira» que despierta la incomprensión o injusticia que percibimos en los demás hacia nosotros. Nos confiere la habilidad de defender nuestro bienestar e intereses, pero no transforma nuestro mensaje en la única verdad. En otras palabras: ser asertivos no nos da la razón. Tampoco nos confiere más derecho.

La verdad es algo muy abstracto y subjetivo. De hecho, la verdad absoluta no existe. Es un invento humano. No suele existir una única verdad, sino múltiples puntos de vista. Cada persona, en función de su experiencia vital y su forma de ser, da por sentado que determinadas cosas son ciertas para así poder entender (desde su prisma) el mundo que le rodea.

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Cada una de nuestras «verdades» se fundamenta en nuestras creencias y experiencias pasadas. Eso nos permite hablar de nuestras «verdades» incluso cuando no son ciertas para los demás. Pero no debemos perder de vista el punto de vista ajeno. También debemos escuchar lo que los otros nos tienen que decir.

Las verdades pueden ser desagradables, pero ese no es el motivo para no decirlas. A menudo las verdades más duras son las más enriquecedoras. Decir lo que creemos que es verdad y escuchar al de en frente para contrastar nuestra creencia, es enormemente enriquecedor para todos.

Una verdad que nunca nos puede ser negada es cómo nos sentimos. Nadie puede discutirnos si estamos contentos, tristes o enfadados porque solo uno mismo experimenta y conoce sus sentimientos. De la misma forma, tampoco podemos rebatir a los demás lo que ellos sienten.
Por ejemplo: María quiere jugar con su papá a los exploradores en el jardín, pero se enfada constantemente porque su papá no actúa como ella supone que tiene que hacerlo un explorador. ¡No sabe interpretar el papel! Esto frustra mucho a María, que está convencida de saber cómo es y qué hace un explorador ¡y no admite otro punto de vista! Su papá no entiende por qué María se enfada tanto y se siente molesto porque su hija es «muy mandona». La consecuencia es que ninguno de los dos disfruta con el juego.
El trabajo en este caso consiste por hacer ver a los peques que su punto de vista no es el único y hay que saber escuchar a los demás en todo momento, incluso aunque no siempre estemos de acuerdo con ellos.

4. Tener un objetivo claro, pase lo que pase

Para ser asertivo no debemos exponer tan sólo las situaciones, también debemos dejar muy claro lo que queremos. Imaginad que vamos a hablar con nuestro jefe solo para exponerle un problema, sin ofrecerle una solución.

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Lo que estamos haciendo es traspasarle toda la responsabilidad a él. Lo que decida quizás nos guste o quizás no, pero no tendremos derecho a quejarnos porque le hemos dejado plena libertad para decidir en nuestro lugar.

Pongamos un ejemplo fácil para los niños: La mamá de Claudia le pide que ordene su cuarto y se deshaga de todos los juguetes que ya no quiere. Le da 3 cajas: una es para donar juguetes en buen estado al hospital infantil. Otra es para tirar juguetes rotos, deteriorados o incompletos. La tercera es para guardar en el trastero todos aquellos juguetes que, aunque la niña ya no use, quiera conservar porque les tenga un cariño especial. Claudia no tiene ganas de realizar esa tarea y se desentiende. Es decir: delega en su madre la responsabilidad de decidir, por lo que pierde el derecho a enfadarse con ella si esta acaba tirando a la basura alguno de sus juguetes favoritos.

No siempre es fácil saber lo que se quiere, así que es recomendable que les pidamos a los peques que lo piensen detenidamente. ¿Realmente quiere Claudia que su madre decida por ella con qué juguetes va a quedarse y cuáles no va a volver a ver nunca más? Cuanto más claro tengamos lo que queremos (en el caso de Claudia, conservar sus juguetes favoritos), más probable será que lo consigamos.

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En una conversación tensa es normal que la otra persona parezca no escucharte, muestre reticencia a complacernos, no atienda nuestros argumentos o incluso los desprecie. Debemos enseñar a los peques a no apartarse de su objetivo aunque esto suceda. A menudo, tras la reflexión que sigue a toda «discusión», las cosas cambian. También a no confundir su objetivo con ganar la discusión. Son dos cosas bien distintas.

5. Ser siempre lo más concretos posible

Además de conocer cuál es su objetivo real, debemos enseñar a los peques a ser capaces transmitir exacta y detalladamente lo que quieren y no una vaga idea general. Esto es fundamental para llegar a comunicar con precisión y defender su bienestar y sus intereses.

Os pongo un ejemplo adaptado a la infancia: Diego ha salido a comer fuera con su familia. Cuando entran en el restaurante su mamá le pregunta qué le apetece comer. Diego pide pasta pensando que se la pondrán como la prepara su mamá. Cuando le traen el plato se pone a llorar. El camarero le ha traído macarrones con tomate y queso fundido. ¡Él quería espaguetis con tomate y un recipiente para poderse echar por encima todo el queso rallado que quisiera!

Contrariamente a lo que solemos hacer, no tiene ninguna utilidad mantener una conversación en la que tan solo expresemos nuestro enfado.

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Es importante recordar a los niños y niñas que sean cuanto más específicos mejor. Sólo de esta forma podrán comunicar, defender y atender realmente sus necesidades. 

Cuando son aún muy pequeños, lo mejor es ayudarles a expresarse  haciéndoles preguntas de curiosidad. Por ejemplo: ¿qué tipo de pasta quieres? ¿quieres el queso por encima o en un recipiente a parte? ¿quieres que solo le echen tomate o no te importa si también le echan cebolla o carne?, etc.

6. Hacer referencia a hechos y no a juicios

Es muy importante que (en general) acostumbremos a los peques a hablar de hechos objetivos y concretos, y no de sus pensamientos o conclusiones sobre lo que ha sucedido. La diferencia es lo que les hará inmunes al malestar emocional.

Por ejemplo: Martina se siente muy triste porque su mamá le ha dicho que tiene que esforzarse más por hacer buena letra en sus redacciones. Sabe que es capaz de hacerlo porque su letra es muy bonita cuando empieza a escribir y termina siendo casi ilegible al final de la redacción, cuando la niña ya está aburrida y quiere irse a jugar. Martina se enfada con su madre porque cree que la ha regañado y se pone a llorar porque entiende que le ha dicho que su letra es muy fea (conclusión). Su mamá le dice que siente que esté disgustada, pero le explica que ella no la ha regañado ni ha criticado su letra y que, de hecho, es muy bonita cuando está concentrada en la tarea de escribir (hecho objetivo).

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Eliminando el factor subjetivo de la comunicación, esta se vuelve mucho más precisa y los demás no se sienten agredidos, juzgados ni criticados por nuestras palabras.

7. Añadir motivos a lo que pedimos o rechazamos

Cuando pedimos algo que queremos conseguir, es importante explicar también nuestros motivos. Podemos explicar a los niños que dar motivos es aumentar las probabilidades de conseguir nuestro objetivo porque nuestro interlocutor ve que hay una razón real que sustenta nuestra petición, y que esta no es solo un capricho.

De hecho, diversos estudios psicológicos han demostrado que la palabra más eficaz para persuadir es «porque». La psicología cognitiva nos explica que cuanta más información damos a alguien, menos margen tiene su imaginación para inventarse lo que NO le has dicho.

La palabra «porque» tiene, por sí misma, un gran poder para justificar lo que hacemos. Nos sirve para ofrecer un argumento lógico a nuestras ideas, decisiones y peticiones. Por eso, cuando le pedimos un favor a alguien, es más probable que nos lo conceda si también le damos un motivo para hacerlo.

Por ejemplo: Al papá de Daniela le duele la cabeza y le molesta mucho que la niña esté tocando el tambor al lado suyo. En lugar de enfadarse y acabar gritándole para que se vaya o simplemente prohibirle que haga ruido, le explica con tranquilidad que necesita descansar y que puede seguir tocando el tambor en su cuarto o hacer un puzzle, si prefiere seguir estando acompañada en el salón.

Por supuesto, en el otro extremo, cuando alguien nos pide algo estamos en nuestro perfecto derecho a negarnos sin dar explicaciones. Pero dar un motivo es bueno porque resta agresividad al mensaje y proporciona una explicación a nuestro comportamiento. Una buena idea es ofrecer alternativas al final de nuestra negativa.

Imaginemos ahora que Enzo le pide ayuda a su madre para moldear plastilina: Enzo, no puedo ayudarte ahora, PORQUE tengo mucho trabajo. Si quieres, puedes preguntarle a papá a ver si él puede; o esperar a que yo termine mis obligaciones y pueda jugar contigo.

Cuando damos ejemplo a los niños con nuestro comportamiento, a ellos les resulta mucho más fácil ir interiorizando lo que deben o no deben hacer. Siempre que proporciones motivos concretos, tanto al pedir algo como al negarnos, conseguimos que nuestro mensaje sea mucho más convincente y menos agresivo. 

Con los niños también funciona muy bien preguntarles por qué: ¿por qué no quieres salir a jugar a la calle? ¿Por qué quieres ir a ese sitio hoy?, etc. Así se van acostumbrando a no pedir o rechazar solamente las cosas, sino ofrecer una explicación coherente para ser comprendidos.

8. Hablar desde «yo» y no desde «tú»

Es habitual que en las confrontaciones, discusiones o conversaciones intensas; las demás personas se sientan atacadas, criticadas o cuestionadas. Utilizar la palabra “tú” en nuestros argumentos puede interpretarse como una acusación y entonces, como mecanismo de auto-protección, la gente se cierra y se distancia.

Para transmitir la idea de que no estamos criticando a la persona, sino una conducta o comportamiento (o ausencia de él), podemos poner el foco en el «yo». Esto nos permite expresar nuestras «verdades» evitando que la otra persona se ponga a la defensiva. Por ejemplo: en lugar de decir “Me has tratado mal (Tú)” podemos decir “Me siento herida (Yo) por cómo me has hablado”.

Básicamente estamos diciendo lo mismo, pero ponemos el foco de atención en nuestros sentimientos y no en los errores de la otra persona. Así generamos empatía. Por que para el de en frente es mucho más fácil empatizar con el sentimiento de tristeza que con el hecho de que puedan haberlo causado ellos.

Enseñar a los peques que la clave es usar “Yo” en lugar de “Tú”, y mantenerse siempre concentrado en el problema que tienen y lo que lo causa, en vez de acusar o culpar a la otra persona no es una tarea sencilla. Ellos siempre tienden a transmitir su queja por aquel que les ha hecho sentir mal…

Por ejemplo: Javi y Manuela están jugando en el tobogán. Manuela se lanza muy rápido, sin esperar a que Javi llegue abajo, y le «atropella». Javi se enfada con Manuela, la cual no le hace caso porque no le gusta que le griten. Entonces Javi va corriendo a su madre y le dice que Manuela le ha hecho daño. La mamá de Javi que observaba la escena, le explica que Manuela no ha querido hacerle daño y explica a la niña que para evitar que se hagan daño mutuamente, se deben respetar los turnos para lanzarse por el tobogán. Igualmente le dice a Javi que quejarse gritando a los demás no hace que estos le escuchen más, sino todo lo contrario.

Hablar desde el «tú» expresando lo que sentimos y creemos, en lugar de lo que hace la otra persona, consigue que nuestros mensajes sean mucho mejor aceptados y tenidos en cuenta.

9. Contagia tus emociones

Otra de las ventajas de los mensajes “Yo” es que son muy difíciles de discutir porque siempre irán seguidos de una emoción o sensación ¡y nadie nos puede discutir nunca cómo nos sentimos!

Pero además, las emociones se contagian al hablar de ellas. Cuando expresamos lo que sentimos la gente empatiza con nosotros porque conocen la emoción a la que te nos estamos refiriendo. Este proceso de identificación facilita enormemente la comunicación.

A veces la gente no es consciente de las consecuencias que sus palabras o acciones tienen sobre el estado emocional de los demás. Describir nuestras emociones probablemente les sorprenda y les haga reflexionar.

Por ejemplo: «Me siento muy desilusionada cada vez que me prometes algo y no lo cumples» es mucho más asertivo y nos permite mantener una conversación más productiva que un «¡Nunca cumples tus promesas!»

Enseñar a los peques que describir con precisión sus emociones les ayudará a que la gente empatice más con ellos y se muestre más receptiva a sus peticiones, es básico para transmitirles el valor de la asertividad como herramientas fundamental de vida.

10. Reduce tu ansiedad con el lenguaje corporal

Si queremos ser tenidos en cuenta cuando hablamos a los demás, conviene que no encojamos ni empequeñezcamos nuestra postura. Debemos mantener una postura corporal firme y calmada.

En un estudio realizado en 2010 en estudiantes y hombres de negocio en las universidades de Harvard y Columbia, descubrieron que los líderes más efectivos presentaban altos niveles de testosterona y bajas concentraciones de cortisol en su sangre, asociadas al estrés y el nerviosismo.

También descubrieron que es posible modificar los niveles de estas hormonas en sangre gracias a la propiocepción. En concreto, encontraron un tipo de posiciones, las llamadas «Posturas de Poder», que incrementan la producción de testosterona y reducen los niveles de cortisol.

Las Posturas de Poder son aquellas que hacen tu cuerpo tan grande como sea posible, como la posición que adoptan los deportistas cuando ganan una competición (brazos levantados, pecho hinchado, cabeza ligeramente hacia arriba y boca abierta) o las personas cuando están orgullosas (manos apoyadas en la cintura, piernas separadas, mentón hacia arriba). Estas posturas son innatas: las adoptan incluso los atletas ciegos pese a no haber visto nunca a nadie hacerlas.

Lo que el estudio reveló es que mantener una postura de este tipo durante 2 minutos podía alterar la producción hormonal y hacer que la gente se comportara de forma más asertiva. Por el simple hecho de que al adoptar una postura firme y confiada nos sentimos mejor y rebajamos nuestro nerviosismo.

Esto podemos transmitírselo a los niños y niñas más pequeños enseñándoles a dirigirse a los demás mirándoles a los ojos, hablar sin titubear, en un tono de voz lo suficientemente alto para ser escuchado sin problemas (pero no tan alto como para resultar agresivo), encarando con su cuerpo frente a frente al interlocutor y no bailando sobre los pies mientras se comunican con los demás.

 

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