Pegar a los hijos para educarles ya es oficialmente maltrato

Pegar a los hijos para educarles ya es oficialmente maltrato doméstico

Condenan a una madre a 2 meses de cárcel e imponen orden de alejamiento de 6 meses, por pegar dos bofetadas a su hijo de 10 años por no querer ducharse.

Pegar a los hijos es maltrato. Y punto

Un juzgado de Pontevedra y la Audiencia Provincial han condenado a dos meses de prisión por un delito de maltrato en el ámbito doméstico a una madre que abofeteó a su hijo de 10 años que se negó a ducharse, según informa La Voz de Galicia. La mujer no podrá acercarse a menos de 200 metros del pequeño durante 6 meses.

El mes pasado esta noticia hacía correr ríos de tinta en la prensa y yo no podía ser más feliz: una madre había sido condenada a cárcel (en realidad le conmutaron la pena por trabajos sociales, ya que se trataba de una condena baja y la acusada no tenía antecedentes) por un delito de maltrato. ¿El motivo? Pretender convencer a su hijo de que se duchase pegándole dos bofetadas.

¿Y por qué era yo tan feliz? No por la madre, y mucho menos por el niño, desde luego (de hecho, tal y como se ha dado a conocer la noticia, y a falta de más datos – no sabemos si pesaron otros factores a la hora de dictar la resolución como si hubo insultos, acciones vejatorias, si el acto no fue único, etc.-, creo que en la sentencia sobra la orden de alejamiento, ya que en mi opinión empeora la situación y hubiese sido mucho mejor ordenarles asistir a una terapia familiar). Pero sí que internamente me sentí agradecida, porque me sentí reforzada en una creencia que llevo años defendiendo prácticamente en solitario. A menudo amigos y familiares me discuten muchísimas veces el hecho de que para mí pegar a mi hijo es un delito de maltrato, además de un fracaso como madre y tutora.

Como contrapartida he escuchado las frases más estúpidas posibles: “pero si les pegas por su bien”; “así se centran y te prestan atención”; “si te desobedecen y no les das un cachete, pierdes autoridad”; “el día de mañana te lo va a agradecer”, “si no lo haces no le vas a educar bien”…

Yo siempre contestaba de la siguiente manera: “Déjame que te haga una pregunta: cuando tú discutes con tu pareja o algún amigo, ¿les pegas si no están de acuerdo contigo o no hacen lo que tú quieres? Aunque sea un poquito nada más, una bofetada flojita… No, ¿verdad?”. Y si esto no sucede entre adultos, ¿por qué demonios nos creemos que estamos en el derecho de pegar a los niños? ¡Si es aún peor! ¿No son acosa seres humanos? ¿No están aún mas indefensos por ser menores?

El maltrato (físico o psicológico) y la agresión (física o verbal) están intrínsecamente relacionados con el abuso de poder. Si pegamos a un niño es simplemente por el hecho de que nuestra incapacidad para controlar su comportamiento nos hace perder el autocontrol y nos provoca frustración, que descargamos contra ellos en forma de ira, castigos, amenazas y golpes.

El problema es que este comportamiento está tan normalizado, socialmente aceptado y estandarizado que lo continuamos viendo como algo normal y natural, cuando de hecho cualquier agresión física o verbal siempre ha sido, es y será un delito de maltrato.

Ser sus padres no nos da derecho a pegar a un menor

Los niños desobedecen por impulso; por falta de memoria, madurez o capacidad para asimilar las reglas y prever consecuencias peligrosas (como jugar con cerillas); por curiosidad o por falta de experiencia en el mundo que le rodea (si un niño desconoce lo que es la muerte no puede temer ser atropellado, para un niño su universo es seguro). No desobedecen para retarnos.

La neurociencia hace ya tiempo descartó la falsa hipótesis de que los niños desobedecen para desafiarnos. De hecho, los niños buscan agradar porque necesitan sentirse integrados. Caso excepcional es el niño que se porta mal adrede para conseguir una atención que se le presta en escasas ocasiones…

Os pongo un ejemplo: si pegas un cachete a tu hijo de 3 años por cruzar la calle solo, ¿te sientes ya totalmente tranquilo? ¿Crees que de esta forma has evitado que lo vuelva a hacer en el futuro? ¿Le dejarías solo en la calle al día siguiente sabiendo que como ya se ha llevado un azote por este motivo, no volverá a hacerlo?

No. Aunque pegues un cachete a tu hijo pequeño, volverás a desconfiar y jamás le dejarás solo en la calle. Porque, sencillamente, el que sepa cruzar o no la calle, y cómo o cuándo hacerlo de la mejor manera sin riesgo para su propia seguridad, depende exclusivamente de su grado de madurez. Y al día siguiente de la bofetada tu hijo seguirá teniendo 3 años y seguirá cruzando la calle cuando se despiste porque se le va la pelota y quiere ir tras ella. ¡Porque es un niño! ¿De qué te ha valido entonces la bofetada? ¿De qué le ha servido al niño? Has pegado a tu hijo para nada.

Así que pegarle no es tu mejor opción. Tu mejor opción es educarle, hablar con él, explicarle tantas veces como sea necesario que no debe cruzar la calle solo, que debe detenerse antes de cruzar, buscar un paso de peatones, fijarse en que el semáforo esté en verde, que mire a ambos lados para vigilar que no vengan coches… Y sigas prestándole atención y cuidado hasta que haya crecido y madurado lo suficiente como para poder dejar en sus propias manos su propio bienestar personal.

De hecho, la sentencia, aunque recoge la facultad de los progenitores de corregir a sus hijos, matiza que esta potestad solo se puede concebir orientada al beneficio de los pequeños “y encaminada a lograr una formación integral” teniendo como “límite infranqueable la integridad física y moral de estos”, concluyen los magistrados.

Sé lo mucho que a veces desquician los niños. Soy madre. Tengo un hijo a punto de cumplir los 4 años. No es mejor ni peor que el tuyo. La naturaleza no me ha premiado con un querubín. No es de porcelana, da trabajo y exige atención. Es un ser humano. Y es pequeño. Tiene sus berrinches, sus ataques de ira incontrolada, es pura sensibilidad y aún no ha aprendido a gestionar sus emociones (mucho adultos no aprenden en su vida a hacerlo). Ahora esta feliz y riendo, y al minuto siguiente pierde una canica y monta un drama.

Y creedme: no soy la madre del año. A veces me desespero y me gustaría teletransportarme a una playa en las Maldivas. Cuando esto sucede a mí me agota y me pone dolor de cabeza. Y soy humana, a veces no reacciono todo lo bien que quisiera: en ocasiones doy galletas azucaradas como maniobra de distracción para evitar dramas épicos. Lo hago sencillamente porque a veces estoy extenuada, y no siempre me siento capaz de comunicarme con él de forma asertiva y paciente, o practicar la escucha activa.

Pero evito cuanto puedo los gritos y las caras de desesperación, los reproches, los castigos y las quejas. Y nunca pego. En esta línea, la sentencia especifica: “La reprensión ante una eventual desobediencia del menor nunca puede justificar el uso de la violencia que la acusada ejerció”. Ni más ni menos. Es así, tal cual. No hay excusas, no hay excepciones.

Evidentemente, el motivo por el que se interpone la demanda (padres separados o divorciados, según se comenta en algunas redes sociales) no deja de ser significativo (qué horror cuando los adultos no somos capaces de actuar de forma cordial y civilizada y utilizamos a los hijos como arma arrojadiza), pero no quita que golpear a los hijos, aunque sea con motivos educativos, es maltrato. Antes, ahora y siempre.

Si los adultos no nos pegamos cuando discutimos (o, si sucede, es delito); con los niños es mucho más grave. Y, que conste, que no creo que la madre sea un demonio. Probablemente perdió el control como a todas nos sucede a veces, porque los peques te ponen mucho más a prueba que la mayoría de los “adultos”… Pero basta ya de normalizar y estandarizar actos ilícitos por el simple hecho de que “así se ha hecho toda la vida”.

La autoridad se gana con respeto, la educación se transmite con amor. Evidentemente no estamos ante un caso de malos tratos continuados, pero aún así un bofetón a mí no me lo pega nadie. Ni uno solo. Porque no lo consiento. Ni que sea chiquito, suave o después me pidan perdón. Y aún lo veo peor en el caso de un menor. Y los hay difíciles, de acuerdo (sobre todo cuando ya son adolescentes), pero para eso están las terapias familiares y los psicólogos infantiles.

Asimilamos mal el concepto de autoridad. La autoridad nace del respeto, no de la imposición y, mucho menos, de la agresión física. La autoridad es sabiduría, educación, cuidado, entendimiento, responsabilidad. Es acompañamiento y empatía. Es orden, es equilibrio. No es agresión, imposición ni violencia.

Si pegas a tu hijo porque crees que es lo que debes hacer, infórmate mejor. Si le pegas porque eso te hace sentir mejor, acude a un psicólogo de inmediato. Le estás haciendo daño y alejando de ti su confianza, amor y respeto. Te perdonará mientras sea niño, porque te sigue necesitando. Cuando sea adulto, ya no. Es más: puede que le estés enseñando a resolver sus problemas a golpes. Puede que decida pegarte un “cachetito” de vez en cuando para que aprendas a controlarte cuando seas un anciano cascarrabias, porque (no te olvides nunca): los roles de poder cambian con el paso del tiempo. Llámalo justicia divina; ley de la reciprocidad, si quieres; o simplemente cuestión de karma.

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