Disciplina Positiva y Resolución de Conflictos II: el difícil equilibrio entre firmeza y amabilidad

Disciplina Positiva y Resolución de Conflictos II: el difícil equilibrio entre firmeza y amabilidad

La Disciplina Positiva se centra en dar herramientas útiles a los padres para que puedan alcanzar el equilibrio entre firmeza y amabilidad en la educación de sus hijos, de forma que puedan resolver conflictos sin caer en la tolerancia absoluta ni el despotismo máximo.

Disciplina Positiva y resolución de conflictos con l@s niñ@s

Como sabéis, hace ya un tiempo que estoy haciendo bastantes cursos y talleres de parenting relacionados con la educación sin gritos, el método Montessori en el hogar, la comunicación positiva, la educación emocional, etc.

Uno de los que, sin duda, más útil me ha resultado y mejores resultados me ha dado en casa ha sido el curso de Disciplina Positiva online que hice a través de la Escuela Bitácoras con Bei M. Muñoz (seguro que a estas alturas ya todos conocéis su muy galardonado blog Tigriteando). Sobre todo en la cuestión de resolución de conflictos con los niños.

En mi casa, creo que como en todas, había ciertas situaciones que de forma invariable causaban discusiones con el peque (y sus consecuentes y temidas rabietas): la rutina matinal antes de salir volando hacia la guarde, la hora de acostarse, etc.

Un día, mientras amenazaba a mi hijo en una de estas situaciones con castigarle y me quejaba de que parecía mentira que le hubiera dicho ya mil veces que tenía que acostarse a las 20,30h. me paré en seco y di cuenta de que el problema no era del niño, sino mío. Me estaba empeñando en seguir utilizando un método que 999 veces anteriores había fallado. Qué torpeza la mía, ¿verdad?

Disciplina Positiva y Resolución de Conflictos II: el difícil equilibrio entre firmeza y amabilidad

Si los gritos, las amenazas y los castigos no servían para nada… ¿Por qué seguía utilizándolos? ¿Qué podía hacer ahora? De esta forma llegué a la Disciplina Positiva, una vertiente psicopedagógica que se centra en eliminar las luchas de poder entre padres e hijos y sustituirlas por la comunicación positiva y las relaciones horizontales y respetuosas entre padres e hijos.

Sin gritos ni castigos 

Los castigos no funcionan. Seamos honestos: ¿cuántos de nosotros aprendimos la lección cuando nuestros padres nos castigaron? ¿Cuántos se lo agradecimos en lugar de guardarles rencor y estudiar la forma de salirnos con la nuestra sin que nos pillaran en la siguiente ocasión?

El castigo es eficaz solo a corto plazo. Como padres, ¿cuántas veces tenemos que castigar por la misma razón a nuestros hijos? ¿Cuántos de ellos nos agradecen que les castiguemos para educarles? ¿Entienden nuestros hijos nuestras motivaciones cuando les castigamos? ¿Aprenden a portarse mejor cuando se sienten mal?

No. Es un enfoque erróneo y muy común en los adultos pensar que para que un niño se porte bien primero tenemos que lograr hacerle sentir mal. Los niños solo se portan bien cuando se sienten bien. Y el castigo no hace que interioricen los códigos éticos y los valores que deseamos transmitirles.

Tampoco los gritos resultan adecuados. Si a nosotros no nos gusta que nos falten el respeto al dirigirse a nosotros, ¿por qué les enseñamos a nuestros hijos a relacionarse con los demás de esa manera?

Disciplina Positiva y Resolución de Conflictos II: el difícil equilibrio entre firmeza y amabilidad

Tiempo fuera positivo

El primer post que inicié de esta ronda fue Disciplina Positiva y resolución de conflictos I: el tiempo fuera positivo. El “tiempo fuera positivo” es el primer paso para reaccionar, enfrentarse y solucionar una solución de conflicto con niños en casa, antes de poner en marcha herramientas que nos permitan solucionar el “problema” sin perder el control de la situación y de forma respetuosa.

También hablaba de las consecuencias naturales y las consecuencias lógicas, dos útiles herramientas de la Disciplina Positiva que hacen que los niños se responsabilicen de las consecuencias derivadas de sus acciones y decisiones y reorienten de forma natural su comportamiento en base a sus propias vivencias y experiencias naturales.

Y ahí nos habíamos quedado.

Sin embargo, resulta que no siempre es fácil para el adulto emplear estos métodos sin dejarse llevar por la sensación de que el niño “sale ganando” y él/ella es un padre/madre sin autoridad. Esto se debe a que tradicionalmente se ha considerado “disciplina” sinónimo de “autoridad”, en lugar de “educación”; y en una tergiversación de los conceptos “firmeza” y “amabilidad”.

Firmeza y Amabilidad: ¿términos opuestos o grandes aliados? Conceptos de autoridad y disciplina

Muchos padres confunden amabilidad con falta de firmeza y asocian, en cambio, la firmeza con autoridad. Sin embargo una buena disciplina se basa en el justo equilibrio entre firmeza y amabilidad. 

No hay orden sin libertad, ni libertad sin orden. Si solo actuamos con firmeza, crearemos un entorno opresivo y asfixiante en el que los niños devendrán en adultos completamente sumisos o todo lo contrario, con una exagerada tendencia a revelarse contra todo por sistema.

Si, por el contrario, el caldo de cultivo de la personalidad de nuestr@s hij@s es un ambiente en exceso permisivo, nos encontraremos con niños ultra consentidos que se creen con derecho a actuar y tratar a los demás como se les antoje mejor a ellos.

Y si no hay ni orden ni libertad, lo que existe es el caos absoluto. Si no hay firmeza ni amabilidad lo que existe es la anarquía más absoluta, el “sálvese quién pueda” y “que cada cual se ocupe de sus asuntos a su manera”.

Por lógica deduciréis que ninguno de estos escenarios es positivo para el desarrollo y la educación de l@s niñ@s en un entorno familiar.

Sin embargo, si hay equilibrio entre firmeza y amabilidad estaremos creando el entorno más idóneo para practicar una disciplina positiva con nuestr@s hij@s. 

Con l@s niñ@s (con todas las personas en general, pero aún más con los niños), aún más importante que lo que decimos o hacemos es cómo lo decimos y cómo lo hacemos. Por mucha razón que tengamos al regañarles, si lo hacemos gritando l@s peques tendrán una reacción natural de rechazo ante el mensaje que pretendemos transmitirles. Igual que si les castigamos.

Muchos no puede evitar adoptar uno de estos roles y llevarlos hasta el extremo, siendo de esta forma padres autoritarios o padres permisivos. La mayoría, sin embargo (nosotros incluidos), oscila de un extremo a otro (imponiendo castigos y después levantándolos, gritando a l@s niñ@s y después comprándoles algo para compensar su cargo de conciencia, etc.)

Esto sucede porque a la mayoría de nosotros nos han educado de forma autoritaria o permisiva, por lo que tendemos a reproducir o revelarnos contra nuestros propios modelos fraternales adoptando los mismos roles o justo los totalmente contrarios.

Y los que detectamos que otra forma mejor de educación tiene que ser posible, oscilamos de un punto a otro tratando de encontrar el equilibrio. Pero el equilibrio nunca está en los extremos, ¿verdad? 😉

Centrándonos siempre en potenciar la comunicación positiva y las relaciones horizontales con nuestros hijos, debemos esforzarnos por encontrar el equilibrio entre firmeza y amabilidad para no caer ni en el control excesivo, ni en la permisibilidad o el pasotismo.

Nuestros padres y abuelos fueron educados de forma autoritaria. Como consecuencia, nosotros tendemos a pasar al extremo contrario cuando tenemos hijos. La disciplina positiva nos permite volver al punto de equilibrio adecuado y mantenernos en él.

El papel de los padres no es exactamente el de ser los amigos de nuestros hijos, pero tampoco el de ser sus agentes de la condicional. Todos queremos educar de la mejor manera a nuestr@s hij@s y llevarnos bien con ellos, hacer que confíen en nosotros y tener una buena comunicación en familia.

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Pero cuando oscilamos de un extremo a otro, ese vaivén de permisividad y autoritarismo causa confusión en los niños y desequilibrio en nosotros mismos. 

Por ejemplo: preparamos brócoli para comer y el niño se niega a comerlo. Unos padres en exceso permisivos, sustituirán corriendo el brócoli por cualquier otro alimento que le guste más al niño, provocando que de ahora en adelante se muestre cada vez más caprichoso con sus deseos y más difícil de contentar. Hoy no le apetece comer brócoli, pero mañana no le apetecerá comer zanahorias o pescado y se opondrá a ello porque sabrá que sus padres ceden siempre a sus deseos. Este niño será cada vez más autoritario y se mostrará cada vez más tiempo enfadado, insatisfecho e infeliz.

El resto de padres probablemente discutirá, gritará, amenazará y puede que incluso castigue al niño. El niño llora, se le quitan definitivamente las ganas de comer y, finalmente (ya sabemos todos como acaba esto), el niño no se come el brócoli. El niño se va a jugar (o a cumplir su castigo a su cuarto) y al rato vuelve muy triste y apenado (apelando a nuestro instinto de padres de cuidar a nuestros hijos), diciendo que tiene hambre. Nosotros, seguramente, le decimos algo así como: “Claro, por no haberte comido el brócoli. ¡Ya te lo dije!“.

Unos padres autoritarios no cederán en su determinación hasta que el niño se coma su brócoli. Y como todos sabemos ya que el niño no va a probar el brócoli… ¿Seguirá eternamente castigado? ¿Cenará brócoli? Puede ser. Si esto sucede desde luego será para poder llenar su estómago con algo más que aire o para que le levanten el castigo. Es decir: la motivación no será la adecuada y los padres no habrán conseguido inculcarle lo que pretendían: que una alimentación sana y equilibrada es necesaria. Si el niño prefiere morirse de hambre antes que probar el brócoli (algo que también todos sabemos que puede suceder), los padres se verán obligados a levantarle el castigo en algún momento de su vida, de forma que ni los padres ni el niño habrán sacado ningún partido de esta situación. Como resultado tenemos unos padres eternamente enfadados y un niño eternamente triste y malhumorado, ya que se forzado a hacer cosas que no quiere ni le gustan nada más y nada menos que por sus propios padres.

Los padres que oscilan entre ambos extremos, en cambio, reaccionarán de otra manera: le levantan el castigo y le preparan su merienda favorita para asegurarse que el pequeño come con gusto porque nuestro hijito no puede pasar hambre (y además nosotros nos sentimos culpables al verle tan triste por haberle gritado antes). Es decir: hemos pasado del extremo de máxima firmeza al extremo de la permisividad más absoluta. Las consecuencias para el niño son que aprende un mal hábito alimentario (justo lo contrario de lo que nosotros pretendíamos conseguir inculcarle) y que da igual lo muy desagradable que sea tratar con sus padres (una deducción ya de por sí triste), porque al final nada de lo que le tratan de inculcar es lo suficientemente importante como para llevarse a cabo.

Además, probablemente estos padres cocinarán hígado de pollo para la cena (para compensar la poco nutritiva merienda que acaba de consumir su hijo), cerrando de esta forma un círculo eterno e infinito de conflictos sin resolución.

El objetivo de la Disciplina Positiva es encontrar el sano equilibrio entre nuestras necesidades y las de l@s niñ@s y aprender a establecer límites en función de las mismas. Y lo haremos mediante la práctica de la comunicación positiva, sin culpabilizar al niño y tratando en cambio de buscar soluciones útiles y consensuadas.

Sí, consensuadas. Es posible consensuar soluciones con los niños si, por ejemplo, les ofrecemos sin levantar la voz diversas opciones a decidir por sí mismos: “Está bien, puedes dejar la comida; pero entonces tampoco comerás ninguna otra cosa”. Esta sería una manera respetuosa y amable de indicarle al niño que tendrá que asumir las consecuencias de no comer. Que son pasar hambre hasta la merienda o la cena, donde desde luego no se le darán dulces ni golosinas como premio a su conducta. Lo importante ahora es mantenernos firmes para que nuestro hijo pueda por fin aprender del resultado de sus acciones por sí mismo sin entrar en absurdas luchas de poder con él.

Ser amables y mantenernos firmes

Mantenernos firmes en nuestras decisiones finales resulta tan vital como tratarles con amabilidad durante la resolución del conflicto. Es de señalar que cuando comenzamos a aplicar un método nuevo nuestros hijos siempre se revelan al principio, por lo que no es aconsejable ceder ni tirar la toalla hasta que hayamos alcanzado nuestro objetivo final: el bienestar del pequeño y de toda la familia.

Seguiré publicando posts sobre las herramientas de la Disciplina Positiva que mejor resultado nos dan a nosotros en casa con el peque y también sobre las más sencillas (ya os adelanto que las consecuencias naturales y lógicas no siempre son fáciles de aplicar correctamente y por eso yo, personalmente, tiendo más al diálogo y al consenso), pero si queréis saber más sobre cómo aplicar los métodos de la Disciplina Positiva, os recomiendo el libro de la psicóloga y madre de 7 hijos Jane Nelsen: Cómo educar con firmeza y cariño, considerado la biblia de la Disciplina Positiva. 🙂

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