Tan alto como quieras... Alentar a los niños para que alcancen sus metas

Tan alto como quieras…

“¡No saltes tan alto!”, “¡No vayas tan rápido!”, “¡No lo hagas tan fuerte!”, “¡No lo hagas solo!” “¡Te vas a caer!”, “¿No ves que NO PUEDES?” A veces no nos damos cuenta de lo mucho que nuestras palabras pesan en el subconsciente de nuestros hijos. Y en vez de alentar, desanimamos. Pero la forma en la que hablamos a los demás tiene un efecto más poderoso de lo que imaginamos…

El tobogán más alto del parque

Es el que atrae a todos los niños. El más alto, el más grande… el más peligroso. ¿No es este un pensamiento común entre los adultos? Y sin embargo, no es cierto. No todos los niños quieren subirse en él, y los que quieren lo hacen cuando llegan a una etapa en la que necesitan probarse a sí mismos.

Bajo al parque con mi hijo todos los días (o casi) y allí veo a niños y niñas de todo tipo. Los hay que se arriesgan más y que se arriesgan menos, algunos prefieren hacer las cosas solos y otros reclaman ayuda constante. También hay papás y mamás que les acompañan en todo, y otros que prefieren que el niño no trate de hacer las cosas hasta que sea capaz de hacerlas sin pedir ayuda. Y entre el blanco y el negro hay una enorme y variada gama de grises intermedios. Como en todo lo demás.

En nuestra casa, por ejemplo, papá y el abuelo son bastante protectores. Un tenedor de plástico les parece un arma letal, y un tobogán de más de medio metro de alto una catapulta mortal… Como consecuencia, la abuelita y yo tenemos que ir todo el tiempo detrás de ellos mientras ellos van detrás del niño cada dos por tres intentando hacer por él las cosas que el pobre se esfuerza por hacer solo. Todo un show, vamos.

Cualquiera que ame y sea responsable de un niño pequeño sabe que su seguridad y bienestar está por encima de todo lo demás. Pero a veces, aunque con buena intención, nos pasamos…

Hay algo que me sucede a menudo. Voy al parque con mi hijo y la gente se sorprende de que le deje montarse en el tobogán “grande” (que tampoco es que sea para adultos, pero no es el de los bebés).

Tan alto como quieras... Alentar a los niños para que alcancen sus metas

Tan alto como quieras... Alentar a los niños para que alcancen sus metas

Sucede que una de las habilidades más fuertes de este ser humano que es hijo mío, es la motricidad gruesa. El mismo día que empezó a andar, mi hijo echó a correr. No estoy presumiendo de niño, es simplemente que es mi hijo y le conozco bien. En cambio hay otras áreas (como el lenguaje) que no se le dan tan bien (más bien al revés, se le dan un poco regularcillo).

Pero claro, esto no es algo que una esté dispuesta a explicar muchas más veces a partir de la número un millón o así… Sobre todo cuando tienes que estar pendiente de sus movimientos en el parque, alentándole a conseguir su objetivo pero al mismo tiempo manteniéndote en tensión y cerca de él para evitar que se lastime.

Supongo que habrá quien quizás piense al verme que soy una madre relajada y confiada. ¡O demasiado permisiva tal vez! Que no me preocupo en exceso o que a mí no me da miedo nada…

Todo lo contrario. Soy muy miedica. Yo soy de esas personas que no harían puenting ni pagándome por ello. Confío totalmente en los que dicen que es muy divertido, pero yo no veo la necesidad de tirarme al vacío de cabeza sin necesidad. Para pasármelo bien prefiero tener siempre cerca un buen libro.

Pero mi hijo no es yo. Él es diferente. Él es más arriesgado y atrevido. Cuando bajo con él al parque, nunca me dirijo a la zona de juegos donde está el tobogán grande, sino a la de los más chiquitines, donde el suelo está acolchado y es blandito y en dos zancadas mi hijo se sube y se baja del tobogán sin apenas ganar altura ni deslizarse.

Pero a veces sucede que mi hijo SÍ se dirige hacía ella. Y porque le conozco, y sé lo que necesita, sé que lo que está buscando es probarse a sí mismo. Porque la zona de juegos para pequeñines se le queda pequeña, ya no supone ningún reto para él y se aburre en ella.

A ver, que tampoco estamos hablando de dejarle subir a una atracción peligrosa e inadecuada para él. Se sube al mismo tobogán que ya conoce y en el que tiene experiencia previa. Solo que es más alto… Y para mi tortura, de vez en cuando se columpia en su barra antes de lanzarse por él. Igual que hace en el tobogán más pequeño.

Tan alto como quieras... Alentar a los niños para que alcancen sus metas

Tan alto como quieras... Alentar a los niños para que alcancen sus metas

Para mi gusto, en los parques infantiles se echa falta un área intermedia entre las zonas de juego que suele haber disponibles. Porque los niños de 3 años no tienen las mismas necesidades que los bebés de 12 meses o los niños más mayores de 6 años.

Pero oye, es lo que hay. Antes los niños se subían a los árboles y ahora se suben a los toboganes. Mi peque hace muy bien todo el recorrido del tobogán grande. Desde la primera vez que lo probó, nunca ha dudado ni se ha quedado paralizado. Porque se siente capaz y alentado.

En cambio cuando es su padre el que le baja al parque o cuando vamos en familia, no hace nada si no es de la mano. No muestra la misma confianza en sí mismo que cuando está a solas conmigo. Porque su padre tiene miedo y el niño siente su temor.

Tan alto como quieras... Alentar a los niños para que alcancen sus metas

Tan alto como quieras... Alentar a los niños para que alcancen sus metas

Pongo el ejemplo del parque porque me pasa a menudo, pero es igualmente válido para otras muchas cosas y afecta a la manera en la que los niños tratan de ir ganando autoconfianza y autonomía personal en su vida cotidiana.

Sobre temores reprimidos, autonomía y bienestar

A mí me da tanto o más miedo que a cualquier padre o madre que mi hijo se caiga y se haga daño (daño de verdad). Y para que mis miedos no nos paralicen a ambos, me veo obligada a reprimir mi temor constantemente.

Tan alto como quieras... Alentar a los niños para que alcancen sus metas

Cuando nos mudamos a nuestra actual casa tardé mucho en habituarme al nuevo espacio y dormir bien. Nuestra casa anterior era un bajo sin patio y ni siquiera teníamos un balcón o una terraza. Ahora vivimos en un ático y aunque mi hijo nunca sale fuera solo, al principio todas las noches tenía pesadillas.

Soñaba que el peque conseguía salir solo a la terraza (algo imposible por ahora) y se precipitaba al vacío (algo menos imposible si te relajas demasiado porque aunque tiene un muro – no barrotes – bien alto, los niños siempre pueden intentar subirse a algo para asomarse). Así que haceros una idea de si me da miedo o no que le pase algo…

Evidentemente, cuando bajamos al parque yo estaría mucho más relajada y tranquila conversando con otras mamás sentada en un banco mientras observo a mi hijo jugar sin peligro a un metro de distancia en el arenero.

Igual que cuando salimos a la terraza me mantengo siempre cerca de él sin perderle de vista ni un segundo, pero reprimo las ganas de llevarle siempre en brazos o de la mano. O cuando comenzó a comer sólidos y a mí me acongojaba que se atragantara, pero me negaba a seguir triturándole la comida por este motivo.

Porque todas esas opciones son lo más cómodo para mí. Pero lo más fácil para mí no tiene porque ser lo mejor para él.

Sobreproteger o inculcar responsabilidad

Cuando paseamos por la calle a veces mi hijo no quiere darme la mano y quiere ir por libre. Esto no es siempre posible. Sobre todo si atravesamos una zona de mucho tráfico o una calle muy concurrida, ya que es fácil perder a un niño pequeño de vista entre las piernas de los transeúntes.

Pero si se puede, y veo que no hay peligro; le dejo con la condición de que se mantenga a mi alcance. Si le digo que vamos a un sitio que ya conoce, como la panadería, le gusta ir un par de metros por delante indicándome el camino. Se mantiene siempre cerca de mí y se da muchas veces la vuelta para ver si le sigo. Y sabe (porque se lo repito siempre que salimos) que no puede cruzar solo las calles ni pasar por delante de las puertas de los garajes. Así que en estos casos, se detiene antes.

A veces, durante el baño, quiere lavarse él solo la cabeza. No se la lava todavía muy bien (y se la aclara aún peor) pero sé lo importante que es para él sentirse capaz de hacerlo, lo orgulloso que se siente demostrándome (y demostrándose a sí mismo) que es capaz. Así que le compré un recipiente especial para aclarar el cabello a los niños sin que entre agua en los ojos (lo tenéis en Amazon). No importa si un día salimos del baño con peores pelos que como entramos. Hay otras cosas más importantes. 🙂

Todo esto ha sido un proceso (confieso que más costoso para mí que para él). Ambos hemos ido acostumbrándonos a desligarnos un poquito el uno del otro. Y la experiencia me ha demostrado que cuando yo soy capaz de aceptar que hay cosas que ya puede hacer él por sí mismo, él acepta mejor la ayuda en aquellas que todavía no puede o debe hacer solo.

Tan alto como quieras... Alentar a los niños para que alcancen sus metas

Cuidar a los niños es una obligación de los adultos. Pero sobreprotegerles puede resultar tan perjudicial para su desarrollo físico, cognitivo y emocional como desentendernos de ellos.

Yo crecí pasando los veranos y todas mis vacaciones escolares en la casa del pueblo de mis abuelos. Una casa pequeñita de una sola planta de ladrillo rojo que levantó mi abuelo con sus propias manos y que tenía un jardín y un huerto. Y mientras él cavaba surcos, sembraba, rastrillaba y cosechaba, yo me subía siempre a la misma higuera.

Lo único que me decía mi abuelo (que era un hombre de campo) en aquellas ocasiones era: “Ten cuidado, mira bien por dónde pisas y no mires al suelo mientras subes”. Si le pedía ayuda para subir, me contestaba que subiera yo sola cuando fuera capaz de hacerlo. Y si le pedía ayuda para bajar, simplemente dejaba el azadón y se acercaba para cogerme en brazos y bajarme del árbol, o para indicarme dónde tenía que ir poniendo los pies para hacerlo.

Ahora me doy cuenta de que ese tipo de consejo práctico para conseguir hacer las cosas por uno mismo, es la mejor ayuda que puedo prestarle hoy en día a mi hijo.

Mi abuelo nunca me decía “no puedes hacer eso” ni tampoco “ya te lo advertí”. Me caí muchas veces, pero nunca de la higuera. Porque siempre que me subí a ella lo hacía con confianza y seguridad. En cambio sí que me caí muchas veces montando en bici (un aparato al que mi abuelo temía y que él mismo no sabía usar).

Muchas veces no nos damos cuenta pero tendemos a desalentar a los niños en lugar de prestarles apoyo e infundirles confianza. Y a menudo la única diferencia está en cómo les decimos las cosas.

Sobre el efecto Pigmalión y las profecías autocumplidas

Ya he mencionado varias veces en el blog el efecto Pigmalión. Tanto en psicología como en pedagogía, se denomina de esta forma a la creencia de que el desánimo y/o el estímulo de una persona es capaz de influir en el rendimiento de otra.

El efecto debe su nombre al mito griego de Pigmalión, un rey que se enamoró de una estatua que él mismo había tallado y a la que Afrodita decidió dar vida para complacer al enamorado y triste monarca. En este caso, el deseo de Pigmalión fue tan grande que consiguió que la piedra cobrara vida.

Pero también funciona en sentido opuesto. La famosa campaña de una compañía de seguros afirma: “Está demostrado que la confianza que los demás depositan en nosotros resulta determinante a la hora de alcanzar nuestras metas. Es lo que se conoce como Efecto Pigmalión y, por esta razón, creemos que nuestra misión es darte alas para vivir la vida al máximo.”

El vídeo que acompaña a este spot publicitario es muy emotivo:

Transcribo aquí el texto, que nos invita a reflexionar:

“Es algo que todos sabemos de algún modo pero que puede que nadie te haya explicado nunca. 

Si tú a tu hijo antes de una carrera le dices: te vas a caer, tú no vales para esto”, ese niño se va a caer. No hay más opciones. Porque le has hecho creer que es posible. Y hay algo que le empuja a cumplir la profecía.

Pero si en lugar de eso, a ese mismo niño le dices: “CORRE”, “VUELA”, “NO TE DETENGAS”. “Y si te caes, aquí estoy para levantarte”, ese niño jugará mejor que si nunca le hubieras dicho nada.

Hay una responsabilidad ineludible en cómo hablamos, en cómo tratamos a los demás. Porque nuestras palabras tienen un poder más grande de lo que nunca hubiéramos imaginado.

Cada día tienes la opción de cortar las alas de los demás hablando del miedo y de la incertidumbre. O puedes dejar que tus palabras les empujen hacia sus metas confiando en la capacidad infinita que hay dentro de todo ser humano.

Se conoce como Efecto Pigmalión y funciona en cualquier momento de nuestras vidas.

Corre. Vuela. No te detengas.”

El efecto Pigmalión es fruto de estudio para los profesionales del ámbito educativo, laboral, social y familiar. Y se identifica con la fuerza que nos dan nuestras creencias a la hora de conseguir nuestros propósitos.

Los investigadores Rosenthal y Jacobson decían que “las expectativas y previsiones de los profesores sobre la forma en que de alguna manera se conducirían los alumnos, determinan precisamente las conductas que los profesores esperaban.” 

En la misma línea argumental se sitúa la profecía autocumplida, que es una expectativa que incita a las personas a actuar de manera que hacen que la expectativa se vuelva cierta. O dicho de otra forma: si siempre que corren, saltan o trepan les decimos a los niños que se van a caer, lo más seguro es que se caigan.

Dejarles crecer y probarse a sí mismos

Los niños aprenden por imitación. Observan a sus padres y reproducen los roles que ven que ellos desempeñan. Así que no es raro que traten de hacer lo que nos ven a nosotros incluso mucho antes de estar siquiera preparados para ello…

Cada niño es un mundo y cada uno escoge el momento en que se siente preparado para pasar a la siguiente etapa. Esto sucede al comenzar a tomar sólidos, gatear, andar o dejar el pañal. También cosas menos evidentes, como manejar un tenedor por sí mismos, ponerse los zapatos o dormir solos.

A veces es un engorro esperar a que un niño haga solo y bien las cosas. Lo sé perfectamente porque soy madre y vivo en el mismo mundo que todos los demás. Vivimos muy deprisa y siempre llegamos tarde a alguna parte. Pero debemos procurar que nuestras prisas no les estresen a ellos. Y, sobre todo al principio, armarnos de paciencia.

Los niños necesitan grandes dosis de tiempo y paciencia porque las cosas no salen a la primera y necesitan tomarse su tiempo, así como estar relajados y concentrados para poder hacer bien lo que están haciendo. Pero si en lugar de dejarles les quitamos de la mano el cepillo del pelo, el de los dientes o los zapatos, nunca serán capaces de alcanzar sus propios hitos.

El blogger y enfermero de pediatría Armando Bastida sostiene: “Para poder pasar a una nueva etapa y que los padres no nos acabemos convirtiendo en sus mayordomos, tenemos que promover su autonomía. No tiene sentido que los fines de semana, por ejemplo, les vistamos nosotros.” Y en el mismo post publicado en Bebés y Más ofrece una tabla inspirada en Montessori para proponer una serie de tareas que pueden hacer los niños en función de su edad (a mí personalmente me parece que se queda incluso un poco corta, pero es una buena orientación).

Hay mil tareas sencillas que podemos asignar a los niños para enseñarles a ser autónomos y asignarles responsabilidades. ¡Algunas tan sencillas como pulsar el botón del ascensor o el de la puerta!

Mucha gente cuando viene a casa se sorprende un poco cuando ven que mi hijo se prepara a sí mismo la merienda con menos de 3 años. ¿Y por qué no iba a ser capaz de cortar palitos de queso con un cuchillo de plástico si corta plastilina desde que tenía 18 meses? Y no, en este caso no me da miedo que se lastime porque un cuchillo de plástico no puede ocasionar mucho daño…

De hecho, utilizamos un cuchillo de plástico especial para peques con tope de seguridad para los deditos (podéis encontrarlo aquí) y/o un cortador de verduras (este es el que tenemos y el que recomiendan en el curso de Montessori en el hogar).

Se trata de un riego controlado que nos aporta seguridad y confianza a ambos. A él, porque obtiene una enorme satisfacción haciéndolo solo. A mí, porque me hace feliz verle disfrutar de lo bien que lo hace. Y ambos sabemos que no puede lastimarse.

Evidentemente necesita supervisión y ayuda constantes, y también hay normas que deben ser cumplidas (en el caso de la cocina, por ejemplo: nunca entrar solo, no jugar con los fuegos, no coger los cuchillos de adultos, no acercarse al horno cuando está funcionando, etc.) pero todo lo que es capaz de hacer solo, lo hace solo. Con su madre o su padre al lado, observando siempre pero interviniendo solo cuando es necesario.

¡Hoy preparan la cena los chicos! #kitchen #recetas #cena #nochedechicos #unamamanovata

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Por supuesto, cuando los niños son muy pequeños hay veces que no les apetece hacer solos las cosas aunque sean perfectamente capaces de hacerlas. Tampoco consiste en hacerles sentir abandonados o forzados a hacer algo que no les apetece en absoluto. Entre esto e impedirles hacer la mayoría de las cosas que tienen ganas de probar hay todo un mundo de infinitas posibilidades.

Alentar en lugar de meter miedo, ayudar en lugar de prohibir

“Si quieres puedes. Tal vez no lo consigas hoy, puede que tampoco mañana. Y es del todo improbable que lo hagas si aún no estás preparado. Pero ten por seguro que cuando llegue el momento, si nunca has desistido, alcanzarás tu objetivo.”

Este es el mensaje de aliento que me gustaría ser capaz de inculcarle a mi hijo. Creo que es importante alentar a los niños para que alcancen sus metas, de la misma manera que lo es dejarles enfrentarse a la frustración para aprender a gestionarla.

También considero importante transmitirles la idea de que no pasa nada si no les sale a la primera. Ni siquiera si no les sale perfecto. Que lo importante es que disfruten haciendo las cosas por sí mismos y sigan intentándolo. Creo que este es el factor fundamental que en el futuro establece las diferencias entre un adulto independiente (que puede hacer las cosas por sí mismo) y un adulto autónomo (el que además disfruta haciéndolas).

Hay muchas cosas que los niños pequeños pueden empezar a hacer por sí mismos, igual que hay muchas otras que no deben intentar hacer todavía. Buscar el equilibrio puede resultar difícil en ocasiones, pero la sensatez y el sentido común son nuestros mejores aliados para conseguirlo.

Si os apetece ahondar más sobre este concepto, os recomiendo el libro de Gever Tulley y Julie Spiegler: 50 cosas peligrosas que deberías dejar hacer a tus hijos.

Libertad, no libertinaje

Mucha gente me pregunta sobre los límites cuando defiendo la educación en autonomía. Los límites siguen siendo necesarios, claro. Me refiero a los límites que nos toca establecer a nosotros, porque hay otros que tienen que establecer ellos.

De la misma manera que no es muy positivo prohibir demasiadas veces demasiadas cosas, tampoco lo es alentar o forzar a un niño a hacer algo para lo que aún no está preparado.

No podemos quitarles los manguitos y dejar que se lancen de cabeza a la piscina solo porque quieran si aún no saben nadar, porque las consecuencias de sus actos en este caso si serían altamente peligrosas para ellos. Pero tal vez lo que si podamos hacer es darles la mano y enseñarles a usar las escaleras para entrar y salir del agua sin peligro. Y cuando estén preparados, les podemos enseñar a nadar, para que no dependan de nosotros.

Tan alto como quieras... Alentar a los niños para que alcancen sus metas

Sé que esto puede resultar confuso, pero en realidad los padres conocen bien a sus hijos. Evidentemente, no podemos dejar un cuchillo (aunque sea de plástico) en manos de un niño demasiado inmaduro o inquieto. Ni dejarles que se asomen a la ventana o se queden solos en el cuarto de baño o la cocina.

No se trata de que los niños hagan todo lo que desean, sino procurarles un entorno seguro y adecuado para que se desenvuelvan en él lo mejor posible en su día a día y, de esta manera, cada vez vayan siendo más autónomos y capaces.

Como regla general, yo intento aplicar la máxima de “seguir al niño” de María Montessori e intervenir en los casos en los que hay peligro, que suelen ser tres:

  • Cuando el niño hace algo que pone en peligro su bienestar o integridad.
  • Cuando hace algo que puede hacer daño a los demás.
  • Cuando daña o maltrata las cosas (está bien que sean creativos, pero a veces el uso inadecuado de los materiales conlleva su deterioro y es necesario enseñares a cuidar las cosas y a no hacer un mal uso de ellas).

Por poner algunos ejemplos, para mí unos límites claros y coherentes serían:

  • En el parque: aprender a esperar el turno, no lanzarse por el tobogán si el niño anterior aún no se ha bajado, no echar a correr sin esperar a mamá, no salir nunca del área de juegos infantil, subirse a un columpio solo, separarse o irse a jugar aprovechando que mamá está distraída sacando la merienda, etc.
  • A la hora de pasear por la calle, hay que ser muy repetitivo (y salir corriendo detrás de ellos muuuuuuchas veces) hasta que interioricen que no pueden ir corriendo ni cruzar la calle solos, que no deben separarse de sus padres o del adulto que les acompañe (el abuelo, los tíos…), que no deben acercarse a acariciar animales que no conocen y por tanto no saben cómo van a reaccionar, etc.

En casa también hay que tomar muchas precauciones y adaptar los ambientes a su seguridad (muebles fijos a las paredes, puertas y ventanas con mecanismos de seguridad y/o barrotes en el caso de estas últimas, barreras infantiles en las escaleras si las hubiera, etc.), así como establecer normas específicas para el baño, la cocina y la terraza o el jardín.

Si os dais cuenta, todos estos límites son necesarios para su seguridad pero no vulneran para nada su autonomía. 

De más está decir que los niños son nuestro tesoro más preciado. Por este motivo, durante su primera infancia, deben estar siempre bajo nuestra supervisión o la de un adulto responsable y capaz.

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Pero acompañar no es lo mismo que hacer las cosas por ellos, ni educar significa tener que estar prohibiéndoles algo a cada paso. Tal vez sea más complicado, pero lo ideal es buscar soluciones que den respuesta a sus necesidades y las nuestras.

Así que si mi hijo quiere saltar, sabe saltar y disfruta saltando, mientras lo salte al vacío desde un quinto piso, lo que yo pienso decirle siempre es “salta”. Tan alto como quieras.

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