Educación igualitaria: por qué mi hijo SÍ juega a las muñecas

Hago con mi hijo todas las tareas cotidianas: preparamos el desayuno juntos, hacemos la cama, recogemos la casa, bajamos a hacer la compra, sacamos al perro… Y después jugamos juntos. A veces a las canicas, a veces a las muñecas. Nunca me planteo si las cosas que hacemos son de chicas o de chicos. Educo a mi hijo en igualdad y me gusta que sea feliz jugando al fútbol y a las muñecas. 

¿Por qué me gusta que mi hijo juegue a las muñecas y ayude en las tareas cotidianas? Uf… Os parecerá mentira, pero ya no puedo contar con los dedos de las manos la de veces que he contestado a esta pregunta… NI la de veces que he notado como le miran por la calle (de buen rollo pero con curiosidad, como si les hiciera gracia o les pareciera “mono”) cuando saca de paseo a sus muñecas.

No me importa el qué dirán (y a él ya ni os cuento…). Me importa más que sea libre, que sea feliz, que escoja su propio camino y tome sus propias decisiones. Que esté siempre en paz consigo mismo, que se conozca a sí mismo y se valore lo suficiente como para ser siempre él mismo y no admitir imposiciones.

Mi hijo, que tiene dos años y medio, no distingue diferencias entre los niños y niñas de su clase. Y cuando crezca quiero que siga sin advertirlas, y que respete por igual a niños y niñas porque él tiene madre, abuela, primas, amigas. Y un día quizás tenga hermana, o novia, o hija. Y si llega ese día sé que será un buen hermano porque le encanta jugar con las chicas, sé que será un buen compañero porque siempre ayuda a su madre y sé que será un buen padre porque cuida muy bien a sus muñecas.


Mi hijo ha jugado desde muy pequeño con todo tipo de juguetes: pelotas y cocinitas, muñecas y superhéroes, juegos de construcción y supermercados, garajes y casitas de muñecas… Mi hijo tiene, por ejemplo, un correpasillos de Batman, un pijama de Spiderman, un coche de bomberos y también una muñeca de trapo, varias “mashas” y un muñeco recién nacido que era mío cuando era pequeña y que es el que más usa cuando juega a las muñecas.

Sus juguetes favoritos no son las muñecas ni los coches. Tampoco las cocinitas ni los garajes. Son los juegos de construcción, los puzzles, las pegatinas, los globos, las linternas, las bolitas pequeñas tipo canicas y pelotas de goma saltarinas y los juguetes sensoriales.

Pero también le gusta jugar a los bomberos, dar de comer “a su bebé”, chutar la pelota y peinar a su muñeca. Los intereses de mi hijo son variados. Cuando salimos a la calle a veces quiere llevarse un balón o el patinete, y otras veces lo que más le apetece es sacar de paseo a una muñeca.

Y no nos confundamos: no es menos niño por eso. De la misma manera que una niña que juega al fútbol no es menos niña que la que juega a las casitas.

Muñecas

Muñecas

¿Y a mí me importa? Pues veréis… No es que no me importe que mi hijo juegue con muñecas y cocinitas. No es que lo tolere. No es que lo consienta. No es que me de igual. Es que lo apruebo. Es que lo fomento. Es que me encanta que lo haga. Me encanta que tenga a su alcance TODO tipo de juguetes mientras sean adecuados y transmitan valores positivos. Jugar desde pequeñito con cocinitas y carritos de limpieza le ha inculcado unos hábitos maravillosos… Por ejemplo, ayudar a su familia en las tareas domésticas y de limpieza (a veces ayuda… ¡otras usa su escoba como espada y pelea contra seres imaginarios asustando a los gatos! ¡Es lo maravilloso de ser niño!).

educación igualitaria

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Y ojo, que tampoco hay que obligar. Si una niña quiere ser princesa o un niño no se siente atraído por las muñecas ¡pues no pasa nada! Lo importante es que sean siempre libres de escoger.

Por lo general los niños y niñas, cuando son pequeños, se sienten atraídos de forma natural e instintiva por todo cuanto les rodea. Somos nosotros los que después les vamos condicionando con el paso del tiempo…

A mí me encanta que haga lo que quiera en sus juegos mientras no haga daño a nadie ni a nada. Que haga siempre lo que más le guste mientras respete siempre a los demás. Que haga lo que más le llene, lo que más le aporte, aquello que le haga sentir más realizado.

Y es más…

Deseo que mi hijo sea tolerante excepto con los intolerantes. Que no permita que nadie le condicione bajo el pretexto de “ayudarle” a encajar. No quiero que los convencionalismos le aten las manos, la boca, el corazón, la mente. Quiero que el día de mañana sea un adulto autosuficiente, que sepa y le guste hacer las cosas por sí mismo, con conciencia social y educado en igualdad.

Quiero que mi hijo aprenda a respetar a todas las personas independientemente de su origen, género, cultura, lengua o color de piel. Y me esforzaré por inculcarle el derecho que tienen todos los seres humanos de ser considerados y tratados como iguales. Chicos o chicas. Porque es la única opción posible. Porque es la única que está bien.

La educación inclusiva no es solo una cuestión de género… Me encantaría que mi hijo viajase, se acercara a otras culturas sin prejuicios, conociera a mucha gente y se enriqueciera con el mestizaje. Porque el mundo es grande y diverso y allá donde yo no llegue, siempre puede llegar él. Quiero que mi hijo me supere como persona, que sea un ser humano más completo. Que sea mejor que yo, que sea mejor que nosotros. Que se supere a sí mismo un poquito cada día y que aprenda que respetar a los demás sea la única opción válida para él. Que él respete siempre a todos, mientras que también le respeten a él.

Quiero que escoja por sí mismo a sus amigos y que entienda que estos pueden ser tan diferentes como la luna y el sol, pero también tan bellos, únicos y especiales, tan importantes y complementarios. Quiero que entienda que el único que está de más en un grupo es el que no acepta a los demás, con todas sus maravillosas y enriquecedoras diferencias.

Y no, no me importa que a la gente le parezca “raro” o “curioso” o “gracioso” o “mono” verle llevar su cesto de la compra en el supermercado. Ni que se echen a reír cuando le vean limpiando la mesa del salón con el plumero. La verdad, me importa un pimiento. A mí no me da el aire que respiro la opinión de los demás. Y, afortunadamente, a él tampoco (a él se la repanchincha, en verdad).

A mi hijo le divierte ayudar a los demás. Lo hace como juego. Y lo hace hasta en casa de los abuelos. No se plantea si está haciendo cosas de chicos o de chicas. Él se lo pasa pipa. Y a mí me parece maravilloso y me hace sentir muy orgullosa.

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Ni mi hijo ni yo necesitamos la opinión ajena. Aquella que viene de fuera disfrazada de “consejo” y está cargada de “buenas intenciones”. Mi hijo es más importante que lo que piensen los demás, porque tenemos solo una vida y no podemos elegir vivirla a gusto de otros.

¿Os dais cuenta de que siempre, a todas horas, en todas partes, todo el mundo parece insistir en que sabe mejor que nosotros lo que más les conviene a nuestros hijos? Por todas partes hay señales que nos dicen lo que tenemos que hacer y cómo lo tenemos que hacer. Pues yo decido por mí misma. Y mi hijo, también.

Hemos de decidir para ser dueños de nuestra vida… Tampoco es tan grave. En la vida decidimos a cada momento. Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, a cada minuto del día, somos responsables de nuestras decisiones, nuestros actos y sus consecuencias.

Y si por decidir lo que creemos que es mejor nos dejan de dar “consejos”… Pues mira, eso que nos llevamos. Porque a nosotros nos gusta decidir por nosotros mismos. Que para eso antes nos informamos. Para decidir, para escoger, para intentar no fallar como personas ni como padres. Y a mi hijo le pasa lo mismo (quiero pensar que porque toma ejemplo): a veces decide que le apetece jugar al balón y otras, que quiere coger el plumero o “hacer la compra”.

Hace pocos días se celebró el Día Internacional de la Niña. Y sé que es importante. Y sé que es necesario. Criar y educar a una niña tiene muchos desafíos. Soy consciente, tengo tres sobrinas, cada una de ellas diferente. Pero el Día Internacional de la Niña es también el día de todos los que educamos en Igualdad. Tampoco son pocos los retos a los que nos enfrentamos los padres que tenemos niños en casa. Porque son dos caras de la misma moneda y el mensaje que reciben ambos debe ser el mismo. Si no, no sirve de nada.

Nos esforzamos por educar a nuestras niñas, las mujeres de mañana, para que sean fuertes, independientes, autónomas, orgullosas de sí mismas, autosuficientes y libres. Porque es necesario. Porque el cambio comienza por ellas mismas. Pero ¿de qué sirve si, en cambio, seguimos consintiendo que los niños no aprendan a hacerse la cama y les leemos cuentos en los que los príncipes son siempre tan bobos como para querer casarse solo porque la princesa es guapa, dulce y obediente?

Si seguimos haciendo esto, separaremos los géneros de manera irreconciliable. Crearemos una sociedad de niñas que crecerán y se convertirán en mujeres maravillosas. Tan maravillosas que no habrá nunca un compañero de risas, de charlas, de trabajo o de vida que llegue a estar a su altura y las trate como ellas se merecen.

Porque los niños andarán por ahí, convertidos ya en hombres, desorientados, amedrentados y confusos. Permanecerán la mayor parte del tiempo en un estado permanente de incomprensión y serán incapaces de entender y asumir el nuevo rol de sus compañeras, mucho más evolucionado que el suyo propio.

Ya no serán útiles para ellas porque ellas ya no necesitarán que nadie les cuelgue un cuadro o les abra una lata de sardinas, que para eso ya están los abridores automáticos. Estas modernas princesas se convertirán en reinas de sus propios destinos, llevarán zapatos de tacón solo si ellas quieren, y no se esforzarán por complacer ni gustar a nadie más que a sí mismas. No se sentirán en la obligación de deberle nada a nadie porque se las invite a cenar un día y no se maquillarán para salir a cenar si no les da la gana. Como debe ser.

Yo quiero que mi hijo se merezca tener amigas y compañeras de vida así el día de mañana. Y quiero que ambos, mujeres y hombres, persigan metas y sueños comunes poniendo en ello las mismas ganas, el mismo esfuerzo. Siendo iguales y valiendo lo mismo, tanto ellas… como ellos. Y para lograr eso antes tienen que jugar, niños y niñas, juntos, a las mismas cosas.

Las amenazas a la educación igualitaria y en valores que nosotros nos esforzamos por dar a nuestro hijo no son tan evidentes, pero no por ello son menos peligrosas. Y seguirán existiendo mientras el rosa sea un color solo para niñas.

Una vez en un parque una madre le dijo a su hija delante de mi hijo que las niñas no podían disfrazarse de bombero porque eran niñas y las niñas se disfrazaban de princesas. En otra ocasión, un familiar (que curiosamente es papá… ¡de una niña!) nos preguntó delante del niño porque teníamos una cocinita de juguete en casa, que eso era “cosa de niñas”. No quiero que mi hijo oiga esas cosas. Y las oye cada día. Las enfrenta al mensaje que nosotros luchamos por transmitirle y se siente desorientado y confuso.

No creo que esos padres fueran tan siquiera conscientes del error que estaban cometiendo al pronunciar esas palabras. Creo que, simplemente, reproducían patrones de conducta que les han transmitido socio-culturalmente, y que tienen tan aprendidos e interiorizados que ya forman parte de ellos mismos y los transmiten sin darse cuenta.

Como padres, todos nos podemos equivocar porque todos somos humanos, pero para minimizar los errores debemos reflexionar. Ser conscientes de nuestra responsabilidad en su formación, del peso que nuestras palabras y nuestros actos tienen para nuestros hijos. Y no dejar nunca que nos impongan un método de crianza porque sea “el de toda la vida”, “lo que hace todo el mundo” o lo que “dicen” por ahí (vete tú a saber por dónde), sin antes conocer todas las opciones, sin meditar sobre si existen mejores alternativas. Yo prefiero, y prefiero que mi hijo prefiera, decidir antes que asumir.

Y yo decido que mi mayor prioridad es el bienestar de mi hijo, su educación, sus valores, su seguridad, su libertad… Yo soy la única responsable de todo ello. Y es una responsabilidad que no pienso cederle a nadie más. Porque es preciosa.

Yo decido también respetar a mi hijo. Sus gustos, sus preferencias, sus elecciones, sus pensamientos, sus habilidades especiales y también sus defectos. Entre otras cosas, porque el control de su vida ni siquiera es mío. La vida de mi hijo le pertenece solo a él.

Así que mi hijo no va a dejar de jugar con muñecas porque le regalen más coches. De la misma forma que sus primas no van a dejar de jugar al fútbol o de disfrazarse de superhéroes con capa y tutú. Mi hijo no va a dejar de ayudar a su padre a barrer la casa ni a su madre a hacer las camas. Y jugará al fútbol porque también le gusta, no porque nadie le diga que eso es lo que está bien o lo que debe hacer. Y hará cada cosa cuando más le apetezca.

Lo que es bueno para mi hijo lo sabemos nosotros mejor que nadie, mejor que la vecina del quinto y mejor que los gurús de la maternidad que venden libros. Lo que es mejor para él lo sabemos nosotros, que vivimos con él y le conocemos mejor que nadie. Nosotros, que le amamos, le criamos, le educamos, le entendemos y le apoyamos. Nosotros, que somos padres conscientes y concienciados. Nosotros, que le criamos con respeto y le educamos en igualdad.

Y el día de mañana, lo lamento por todos esos niños a los que sus papás no dejan hoy jugar más que con tractores y pelotas… Porque mi hijo SÍ va a ser un PARTIDAZO. Entre otras cosas porque sabrá cocinar, precisamente por haber pasado parte de su infancia jugando “a cosas de chicas”. (¡Nunca subestiméis el sex-appeal de un hombre que es capaz de sustituir a una mujer de la cocina!) Y si no, que os sirva de muestra la opinión de una niña de 8 años muy inteligente, con la que coincidimos un día en el parque y que se acercó a mí hijo, que llevaba en brazos a su muñeca, para decirle: “Tú vas a ser un buen papá”.

Jugando a las cocinitas en casa de los abuelos. ¡A los niños también les gusta cocinar! #jugar #juguetes #cocinita #niños

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Yo comencé a trabajar lejos de casa en cuanto acabé la carrera y durante todos los años que viví sola no cuajo ningún intento de relación por parte de los chicos que aún dependían de su madre… Llamadme exigente, pero para mí la independencia y autonomía personal son dos cualidades que valoro en las personas hasta el punto de resultarme imprescindibles para compartir mi vida con ellas.

Saber cuidar de uno mismo (lo que incluye, entre otras muchas cosas, saber llevar una casa) para mí es un inequívoco síntoma de madurez. Y no comencé ninguna relación seria hasta que di con el Sr. Padre, que llevaba años viviendo solo ¡y no necesitaba los tuppers de su madre porque sabe usar el horno como nadie!

Por cierto, sé que estas no son las mejores fotografías del mundo. Algunas están sacadas con el teléfono móvil deprisa y corriendo, para no perder la espontaneidad del momento. Retratan instantes de nuestra vida cotidiana y no son las más bonitas ni las más perfectas. No son sofisticadas, no son fotografías de estudio ni están bien iluminadas. Pero son auténticas y a mí me parecen hermosas, porque son reales y no están forzadas. Y son valiosas para nosotros. Porque en ellas mi hijo es como es. Como a él le da la gana.

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