¡S.O.S.: Mi peque muerde!

¿Vuestro peque muerde cuando se enfada o mientras juega? ¿Os han llamado la atención en la guarde porque vuestro angelito ha mordido a un compañero? No es un comportamiento al azar. Lo hacen muchos niños pequeños y existen razones por las que los peques que muerden tienen este comportamiento.

¿Por qué muerde mi peque?

Hace unos meses la profe del peque nos comentó que llevaba unas semanas percatándose de que el niño había empezado a morder a sus compañeros mientras jugaba con ellos o para evitar que le quitasen los juguetes. La verdad es que nos quedamos muy sorprendidos, porque aunque el enano tiene mucho carácter y es cabezota, es un niño muy bueno que nunca había pegado, mordido, empujado, tirado cosas ni roto nada en absolutamente ningún ataque de ira o rabieta.

Suerte que la maestra de nuestro hijo es una fantástica profesional, que sabe cómo conectar con los niños, les respeta y les entiende. Ella nos aconsejó que observásemos en qué circunstancias mordía el peque para poder corregir su comportamiento de una forma u otra.

Poco después, con paciencia y observación, tuvimos la oportunidad de comprobar que, efectivamente, había varias circunstancias en las que nuestro hijo se expresaba o defendía con mordiscos: cuando se sentía avasallado o “atacado” por otro peque, o cuando se sentía contrariado y enojado por un adulto. Es decir: el mordisco era una manifestación de defensa, ira o dominación.

¿Y ahora qué hago?

Según los estudios realizados por la Asociación Nacional Norteamericana para la Educación de los Niños, el niño que muerde puede hacerlo por 4 razones y hay 4 formas de corregir el comportamiento en función de su causa:

1. Explorar: El niño utiliza el mordisco, junto al olfato, la vista y el tacto, para explorar el mundo. Los peques que muerden por este motivo lo hacen generalmente curioseando o jugando y en esta situación muerden tanto una colcha como la mano de otro niño. En estos casos, suele bastar una orden suave para parar: “No, no muerdas”.

2. Reclamar atención: El niño muerde para atraer la atención de los adultos o de sus compañeros de juego porque no sabe o no consigue hacerlo de otra manera. En este caso, debemos pararnos a explicar al pequeño de forma seria que no debe morder y por qué: “No muerdas, que haces daño a los demás”. También debemos esforzarnos a largo plazo para enseñarle cómo crecer expresando sus frustraciones con palabras, sin dañar a los demás.

3. Defenderse: Muchos niños muerden para defenderse cuando se sienten atacados o ante el temor a ser agredidos por otros niños. Es necesario explicar aquí que muchos pequeñines perciben la agresión como el intento de arrebatarle sus juguetes, expulsarles de un área que están explorando u obligarles a hacer algo que no desean hacer en ese momento. En estos casos, debemos tranquilizarle haciéndole sentir protegido y explicándole que nadie le amenaza y que, por tanto, no es necesario defenderse de nada.

4. Controlar la situación: Algunos niños tienen una fuerte necesidad de control. Cuando comprueban el efecto del mordisco sobre los demás, se sienten fuertes y poderosos. Para disuadirle de su actitud, hay que mostrarle los cuál es el comportamiento correcto de forma adecuada (educación en positivo), por ejemplo enseñándole a compartir los juguetes (sin forzarle a hacerlo) o a dar las gracias. Así, poco a poco, le iremos mostrando que puede obtener el respeto de los demás sin necesidad de ejercer la violencia.

El bebé muerde

Y a estas 4 causas nosotros nos atrevemos a añadir una más:

5. La ofuscación: Cuando un peque con mucho carácter (¡como el nuestro!) se siente fuertemente contrariado (porque le obligan a cambiarse el pañal y no quiere o le hacemos bajarse del columpio para volver a casa y no le apetece, por ejemplo) puede ofuscarse, irritarse y morder como auto reflejo. En este caso a nosotros lo que mejor resultado nos ha dado ha sido ser capaces de conocer tanto al niño como para anticiparnos al mordisco, distrayendo su atención con cualquier otra cosa que resulta atractiva para él. En pleno berrinche es imposible razonar con ellos y debemos calmarles y esperar a que se serenen para dialogar de nuevo.

Lo que NO debemos hacer nunca para corregir a nuestro peque

Es fundamental ser firmes cuando corregimos a nuestros hijos. Ellos deben recibir el mensaje de que su comportamiento es incorrecto y no lo toleramos de forma clara. Esto es fundamental para que comprendan y asimilen que lo que están haciendo no está bien.

Pero esto no significa gritar, zarandear, levantar la mano ni mucho menos golpear. No se educa a un niño en la no violencia con violencia, aunque la misma agresividad sea verbal. Esto también implica que jamás debemos corregirlo mordiéndolo a él. 

Nunca hay que pegarle, gritarle o castigarle

Aunque nuestra intención sea demostrarle que morder es un acto agresivo y duele, no será capaz de entenderlo, ya que si el niño es muy pequeño quizás aún no tenga la capacidad de ponerse en el lugar de otro. Y si lo regañamos por hacer algo que nosotros también estamos haciendo, simplemente lo confundiremos más.

También debemos evitar los chantajes afectivos. Nunca debemos decirle cosas del estilo “si sigues mordiendo voy a dejar de quererte” o “ya no te quiero porque muerdes”. El amor de una familia es siempre incondicional y no debemos generarle dudas acerca de ello. Lo único que conseguiríamos es que nuestro hijo crezca con inseguridad y miedo ante la posibilidad de perder nuestro cariño. Un niño inseguro puede convertirse fácilmente en un adulto sumiso, capaz de hacer cualquier cosa por agradar a los demás y ganarse su cariño.

Tampoco debemos colgarle la etiqueta de “niño malo”, ya que los niños pequeños se creen a pies juntillas todo lo que les decimos y pueden adoptar justo ese comportamiento por convencerse de que es, precisamente, lo que se espera de ellos.

Proteger a la víctima y pedir perdón

Tal y como resalta el pediatra Carlos González, autor del libro Bésame mucho, es muy importante vigilar al niño que muestra tendencia a morder, corregirle adecuadamente y demostrarle que sus papás prestan apoyo a la víctima del mordisco y se preocupan por su bienestar. También lo es pedir perdón porque le hemos causado daño y estamos arrepentidos: “proteger a la víctima y que los padres le pidan perdón, porque el niño de dos años que ha mordido no tiene capacidad de pedir perdón o está enfadado y no lo hace. Tampoco debemos tener miedo a separar al niño que muerde a otro lugar, ni a reñirle delante de las demás madres. Siempre hay que vigilarlo y, sobre todo, nunca pegarle, gritarle o castigarle.

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