Niños desobedientes

Niños desobedientes: ¿qué podemos hacer para que nos hagan caso?

La época del “no” y las rabietas es un periodo duro de la maternidad y supone todo un desafío educativo. Sin embargo, cualquiera que sea la causa, la desobediencia es algo normal en el desarrollo de los peques. Los niños desobedientes no son niños “malos”. Están forjando su personalidad y en el proceso ponen a prueba su autoridad y la nuestra. ¡Aunque esto no quiere decir que tengamos que resignarnos a que no obedezcan!

El “no” todo el día en la boca

“¡No me quiero levantar!”, “¡No quiero bañarme!”, “¡No me quiero vestir!”, “¡No quiero comer!”. Cuando los peques entran en este tipo de bucle comienzan los dolores de cabeza. Se rebelan prácticamente ante cualquier cosa que les pedimos, el ambiente en casa se tensa y acabamos todos estresados.

Diego tiene 26 meses y medio. Desde hace unos meses, su palabra favorita es “na”. La utiliza a todas horas de forma automática. ¡Incluso cuando no necesita en absoluto utilizarla! También está en plena época de rabietas. Cuando un peque entra en este tipo de racha, psicológicamente resulta agotador, los padres sentimos que hemos perdido el control de la situación y nos resulta cada vez más difícil lidiar con los peques.

Si cada vez que le pedimos algo a nuestros hijos no obedecen, al final terminamos llegando al límite. Cuando ya lo hemos intentado todo y nada da resultado, nos sentimos tan frustrados que empezamos a plantearnos dos únicas opciones: o nuestro hijo tiene un problema o hemos fracasado como padres.

Pero en realidad no es así. La desobediencia y las rabietas forman parte del proceso evolutivo de todos los niños del mundo. Por supuesto, dependerá mucho del carácter de cada niño que se pueda lidiar con mayor o menos facilidad con ellos, pero en general es una etapa natural que forman parte de su desarrollo.

¿Por qué actúa de esa forma?

El objetivo de las rabietas y de la actitud desobediente de los niños no es desafiarnos (aunque a veces lo parezca), sino poner a prueba su propio carácter y averiguar dónde están los límites.

Los peques están buscando su propia identidad y forjando su personalidad. Ponen a prueba nuestra autoridad para saber hasta dónde pueden llegar y cuál será la consecuencia de sus actos.

En otras ocasiones sólo quieren llamar nuestra atención. Los niños prefieren que se les regañe a que se les ignore y cuando se portan bien a muchos les parece que no les hacemos el mismo caso que cuando se portan mal. Así que eligen portarse mal.

También sucede que se acostumbran a exigir lo que quieren y no saben que esa no es la manera más adecuada para conseguir un objetivo o cubrir una necesidad. Los niños no nacen sabiendo, hay que educarles. Y parte de esa educación consiste en no acostumbrarles a conseguir que acabemos haciendo por él lo que le estamos pidiendo que haga.

Otra posibilidad es que no nos entiendan bien. Puede que sepan lo que les estamos pidiendo, pero no comprenden por qué se lo pedimos. Recuerda ser coherente en este punto, adaptar tu lenguaje a su nivel de comprensión, darle explicaciones sencillas y sólo pedirle a tu hijo cosas que su edad le permita asumir.

Y a veces lo que sucede es, simplemente, que están distraídos. No nos obedecen porque no nos escuchan. Sencillamente le pedimos que haga algo cuando están entretenidos haciendo otras cosas.

¿Y cómo debemos actuar ante una rabieta?

En todos y cada uno de los casos anteriores la solución pasa por dialogar con ellos. Discutir con ellos y tratar de obligarles a hacer algo que ellos no quieren sin explicárselo ni razonar con ellos, además de una solución infructuosa resulta totalmente contraproducente.

Por lo tanto, es importante que mantengamos la calma. Siempre es preferible adoptar un tono suave y afectuoso, e intentar aligerar el ambiente cuando se produce una rabieta, que intensificarla y prolongarla elevando el tono de voz. El tono suave puede hacer mucho más para solucionar las cosas que un grito o una regañina, y también puede conseguir de forma más eficaz que el pequeño nos haga caso.

Cuando perdemos los nervios con los peques, los niños aprenden cómo controlar nuestro estado de ánimo. Los gritos o el azote en el culete, lejos de asustarles, se convierten en la expresión de nuestra pérdida de los nervios, una manifestación de nuestra debilidad. Por el contrario, una actitud serena y decidida, y para nada preocupada frente a las adversidades, puede obrar un verdadero milagro.

Niños desobedientes

¿Y para conseguir que obedezca a la primera?

Puede que un niño no obedezca siempre a la primera, pero si hacemos las cosas bien podemos lograr que a la larga se reduzcan los episodios de desobediencia. Lamentablemente, no existe una fórmula mágica que nos ayude a lograr que nuestro peque nos obedezca cuando le pedimos algo, pero sí podemos tener en cuenta algunos consejos para que mejore su actitud:

  • No le grites, ponte a su altura y háblale mirándole directamente a los ojos con voz clara y tranquila, pero firme.
  • No discutas con él. Tú eres la persona adulta, explícale las cosas para que las comprenda, pero no permitas que te haga debatirlas.
  • Muéstrate comprensiva, ponte en su lugar, escúchale y hazle saber que le entiendes pero que debe hacer lo que le estás pidiendo y después podrá dedicarse a hacer otra cosa.
  • Acuerda los límites con tu pareja y haz que se respeten por todos los integrantes de la familia: papás, abuelos, tíos, etc.
  • Establece límites claros. Déjale claro lo que sí y lo que no se puede hacer y háblale de las consecuencias de un acto.
  • Actúa de inmediato si no obedece. Las llamadas de atención serán sólo 3. Si las reglas están puestas, el peque las conoce y has hablado con él de las consecuencias, cúmplelas. Si no, te tomará por el pito del sereno.
  • Sé un buen ejemplo para tu hijo. Sé consecuente con lo que dices y sigue tú también las reglas.
  • Refuerza su buen comportamiento. Las conductas se mantienen o desaparecen según las consecuencias. Si obedece de inmediato, exprésale lo contenta que estás.

Las normas han de ser coherentes. El objetivo no es que el niño aprenda a cumplir normas absurdas o injustificadas, sino asegurarnos su bienestar y seguridad.

Conforme crezca, quizás habrá que ir replanteando algunas de las normas para permitirle disfrutar de mayor libertad si confiamos en él y creemos que ya es capaz de asumir más responsabilidades.

Niños desobedientes

Un caso práctico

Os pongo un ejemplo real: a Diego le encanta montar en patinete en la calle peatonal frente a nuestra casa. Salimos todas las tardes a practicar un ratito. Él sabe que no debe llegar hasta el límite de la calle porque ahí está la carretera por donde pasan los coches. Generalmente atiende a razones, pero anteayer quería ir un poco más allá.

Hablé con él para explicarle (una vez más) porque no podía exceder los límites de la zona segura, pero él estaba empeñado en conseguir salirse con la suya. Le advertí serenamente que debía dar la vuelta para poder seguir disfrutando de su patinete porque en la zona peatonal había mucho espacio para jugar con él.

Pero Diego nunca ha ido más allá de la zona segura y estaba claro que ayer era el día en el que decidió averiguar qué pasaba si decidía romper las reglas. Se lo repetí 3 veces, advirtiéndole de que le quitaría el patinete y volveríamos a casa si no obedecía. No lo hizo, así que entramos en casa y dejamos allí el patinete.

Obviamente él reaccionó como reaccionan todos los niños: llorando, gritando y quejándose. También intentó acudir a su padre para convencerle de que le levantara el castigo (cosa que, por supuesto, el padre no hizo). Durante todo ese tiempo me obligué a mantener la calma y a dirigirme a él con suavidad.

Cuando finalmente se cansó de tratar de salirse con la suya y comprendió que no había manera de “ganar” aquella batalla, comenzó a tranquilizarse (las rabietas también son agotadoras para ellos y si no cumplen su objetivo, se convierten en aburridas al cabo de un rato). Entonces volví a hablar con él para explicarle por qué no debía comportarse de aquella manera, él pidió perdón a su manera (dando un abrazo) y volvimos a salir a la calle. Sin el patinete. Tuvo que conformarse con jugar en los columpios.

En total, el incidente duró una media hora. Ayer volvimos a sacar el patinete a la calle y no tuve que llamarle la atención ni una sola vez. Diego llegaba hasta el borde de la zona segura (varios metros antes de la calzada, donde las baldosas cambian de color) y daba la vuelta él solito. 😉

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