cosas que no tienes que decirles a tus hijos

10 Cosas que no hay que decir nunca a los hijos

A menudo no nos damos cuenta de que utilizamos frases y expresiones al dirigirnos a los peques que provocan un efecto negativo en su educación y en su autoestima. Éstas son algunas de las cosas que no debemos decirles nunca a nuestros hijos.

¿Conocéis el Efecto Pigmalión? Es una teoría que afirma que el lenguaje obra un poderoso efecto “predictor” en el comportamiento de las personas. Por ejemplo: si le dices a un niño “cuidado, te vas a caer” las veces necesarias antes de subirse a la bicicleta, se le quedará tan grabado que con el tiempo se creerá que es torpe y acabará cayéndose.

Pues bien, éstas son algunas de las frases que a veces los padres usamos sin querer y pueden provocar efectos devastadores en los niños.

 

“Anda, dame, ya lo hago yo”

Educar en autonomía a nuestros hijos es tan importante como hacerlo en responsabilidad. Puede que como niños aún no sean tan hábiles e independientes como los adultos, pero para conseguirlo tienen que probar a hacer cosas por ellos mismos, intentarlas y practicar. El proceso puede ser lento y cometerán errores de los que tendrán que aprender, todo lo cual no sólo es necesario, sino sano y positivo.

Si siempre interrumpimos sus tareas o actividades para acabar por ellos la labor de forma más rápida y eficaz, llegará un momento en que ni siquiera intenten hacer las cosas por sí mimos. Nos pedirán (o peor: nos exigirán) que las hagamos nosotros, sencillamente porque así les hemos acostumbrado. O incluso llegarán a convencerse de que si lo hacen ellos, lo harán mal.

“No llores”

Los adultos tenemos cierta tendencia a evitar, anular o enmascarar las emociones negativas. Sin embargo, es un error sociocultural que no por estar anclado firmemente en nuestra sociedad deja de ser una equivocación.

El llanto es la expresión de un sentimiento. La tristeza, la rabia o la frustración son emociones intensas que los pequeños deben aprender a manifestar y gestionar. Todas las emociones deben ser tenidas en cuenta, sobre todo cuando los niños son pequeños, para que las conozcan, para que sepan cómo se identifican, lo que representan y cuáles las razones. En definitiva: para que puedan trabajar sus emociones.

Las sensaciones negativas tienen también su función, al igual que la alegría o la felicidad. Las crisis son buenas oportunidades para cambiar, para rectificar nuestra conducta o modificar algo que hemos hecho mal o que está yendo mal, y poder aprender y emprender una vía más positiva.

El llanto de los niños es importante porque nos permite conocerles mejor, saber qué cosas les disgustan, calibrar su sensibilidad y enseñarles a canalizar las emociones negativas para utilizarlas de forma más constructiva que, por ejemplo, la rabieta o la rendición.

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“¿Es que no puedes hacer lo mismo que hace Fulanito?”

Como seres humanos, cada niño es único e irrepetible. Lanzarles el mensaje de que tienen que tomar como ejemplo a otro niño, imitarle o hacer las cosas como las hace él es perjudicial para el peque ya que le estamos dando a entender que el otro niño es mejor que él.

La educación positiva debe trabajar potenciando las habilidades y capacidades especiales de cada niño, las cosas que un niño sabe hacer bien, sus puntos fuertes, porque son las cosas que lo hacen único, especial y diferente de los demás.

Es imposible que a nadie se le de bien hacer absolutamente todo. Cuando nuestro hijo se equivoque en su actitud o no sepa hacer algo, debemos corregirle y enseñarle a hacer las cosas bien. No porque fulano o mengano las haga genial, sino porque es lo correcto y lo mejor para él.

“Cuidado, te vas a caer”

Éste es el ejemplo que os ponía al principio del post. Es muy frecuente que tanto mamás como papás se alarmen y salgan corriendo gritando a todo pulmón cuando su hijo intenta subirse solo al tobogán de los mayores o quiera probar suerte con una bicicleta sin ruedas.

Las expresiones del tipo “¡te vas a abrir la cabeza!” (la pongo como ejemplo porque realmente la he oído muchas veces) alarman al pequeño, le asustan e incluso pueden hacerle perder el equilibrio en un momento clave. Evidentemente, no debemos permitir que nuestros hijos hagan cosas peligrosas que pongan en riesgo su seguridad o la de los demás. Debemos vigilar su juego desde una posición cercana y corregir sus actuaciones cuando éstas son erróneas, pero de forma serena y sin perder la compostura.

Debemos tener en cuenta que los niños son grandes exploradores. Por naturaleza, sienten curiosidad por las cosas que les rodean y están constantemente indagando y poniéndose a prueba para conocer sus propias capacidades y límites. Hay muchas circunstancias diferentes que debemos valorar por separado, por supuesto. Puede que tu peque aún no esté listo para subir al tobogán más alto del parque, pero ¿qué hay de malo en tirarse de panza en el tobogán de los pequeños, que él ya “maneja”? La experiencia puede ser gratificante y divertida para él. Y la ropa siempre se puede lavar y quedará como nueva.

Por lo general, los niños no suelen intentar realizar aquello de lo que no se sienten seguros, aunque a veces no sean conscientes cuando hay un peligro cerca. No debemos permitir bajo ningún concepto que un niño que no sabe nadar se meta solo en la piscina, pero si un niño quiere probar a montar en bici sin ruedines traseros, podemos enseñarle la mejor forma de hacerlo, ayudarle y animarle a conseguirlo (aunque pensemos que aún es pronto para ello).

Si finalmente no se ve capaz de realizar la actividad, podemos decirle que cuando sea un poco mayor lo conseguirá. Siempre puede volver a intentarlo más adelante y al menos no se llevará el mensaje de que montar en bici es algo súper peligroso que puede hacerle mucho daño. No le cogerá miedo ni pensará que él es demasiado torpe para intentarlo. Y en el camino habrá averiguado algo fundamental: lo que puede y no puede hacer. Sin necesidad de gritos, prohibiciones ni temores.

“¡Déjame en paz!”

El día a día en una casa con niños puede resultar agotador y es normal que a veces necesitemos desesperadamente tomarnos un respiro. Lamentablemente los padres somos padres durante 24 horas al día, 7 días a la semana, 365 días al año. ¡Ni siquiera dejamos de serlo mientras ellos duermen!

Los peques pueden ser muy exigentes y repetitivos, pero debemos lidiar con esta situación procurando no lanzarles el mensaje de que nos están molestando o de que queremos apartarles de nuestro lado. Nosotros somos todo su mundo y este tipo de expresiones puede menoscabar su seguridad. Si ni siquiera sus papás son capaces de aguantarle, ¿quién más puede quererle en el mundo?

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“Ya verás cuando venga papá” (o mamá)

Una frase muy típica, ¿verdad? Cuando el peque no nos hace caso, nos rendimos y acabamos por trasladar la responsabilidad de su educación en nuestra pareja. Es una conducta muy humana esa de “prueba tú, que a mí no me hace caso”. Se trata de un caso típico de delegación de funciones.
El problema de esta actitud es que con ella se cometen dos errores: por una parte, se convierte a la otra persona en el “malo” de la película (muchos peques asocian los castigos sólo a uno de sus padres por este motivo y acaba sintiendo verdadero pánico por la actuación de esa persona) y, por otra parte, nos estamos menoscabando a nosotros mismos, restándonos autoridad.
De esta manera lo único que vamos a conseguir es demostrar a nuestro hijo que no somos capaz de controlar la situación. Además, los castigos sobre acciones que han tenido lugar horas atrás y que no se han presenciado siempre son mucho menos efectivos.

“No pasa nada, no ha sido nada”

Esta frase es similar al “no llores” y se utiliza sobre todo cuando un niño se cae y se hace daño. En estos casos tratamos de consolarle de la mejor forma posible, diciendo todo lo que se nos ocurre para conseguirlo y hacer que se le pase. Y le ponemos a jugar rápidamente como si no hubiera pasado nada, para que se le pase cuanto antes.

Pero a veces sí ha sido algo, y sí ha pasado algo. A veces les duele de verdad, han pasado miedo y se han asustado. No nos cuesta nada cambiar el “No ha sido nada” o “No pasa nada” por un “¿Estás bien?” o “¿Te has hecho daño?”, que le demuestra que nos preocupa lo que le pasa. Lo correcto después es pedirle que nos cuente lo que ha pasado y cómo se siente, si quiere.

 

“¿Estás tonto?”

A menudo, cuando algún niño le hace algo al nuestro, tendemos a emitir nosotros el juicio sobre ese niño para mostrarle cuál es el buen comportamiento y cuál es el mal comportamiento. Entonces decimos que es “idiota” o que “no está bien de la cabeza”.

Así, le estamos enseñando a insultar y a emitir los mismos juicios sobre aquellos niños que puedan hacer algo con lo que no estén de acuerdo. Considerando que son sus compañeros y/o amigos, lo ideal es que sea él mismo el que llegue a las conclusiones oportunas. Mejor que decir “ese niño es un idiota” es decirle “¿Y qué te parece que haya hecho eso?”, y a partir de ahí construir posibles soluciones: “¿Y qué crees que podríamos o podrías hacer?”.

“¡Cállate!”

Por más que nos duela la cabeza o estemos hartos de escuchar la misma cantinela, pedirles que se callen no es una manera correcta de tratar a la gente que queremos. De igual modo que no es una frase que le decimos a nuestra pareja, familiares, amigos o a nadie con el que queramos tener mantener una buena relación, nuestros hijos tampoco merecen este imperativo.

En lugar de ello, podemos agacharnos, ponernos a su misma altura, mirarles a los ojos y ponerles la mano en el hombro o en el brazo mientras les decimos que ya les hemos escuchado y que no hace falta insistir tanto porque no vamos a cambiar de opinión, pedirles el favor de jugar más bajito para dejarnos descansar o proponerles otra actividad para entretenerles.

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“Porque lo digo yo”

Cuando saltamos de la autoridad al autoritarismo perdemos la capacidad de ser justos y de merecer ser respetados por nuestra capacidad para educarles. “Porque lo digo yo, y punto” no es una manera razonable de conseguir que un niño atienda a razones. En el peor de los casos le convertirá en una persona sumisa incapaz de revelarse contra nada ni nadie.

El aprendizaje es sinónimo de explicación, argumentación y reflexión. Todo lo cual es necesario para que el niño, esté o no de acuerdo, tenga al menos una justificación al “Sí” o al “No”, pueda razonar, comprender y analizar la circunstancia y el por qué de las cosas. De esta manera podrá construir una mente crítica capaz de sacar conclusiones por sí mismo.

 

 

 

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