cosas que nunca debes decirles a tus hijos

El Efecto Pigmalion: 20 cosas que nunca debes decirles a tus hijos

Hay mensajes generalizados que se transmiten de generación en generación y que transmitimos a nuestros hijos con nuestra mejor intención. Pero a menudo, en lugar de animarles a mejorar, les desmotivan e incluso pueden llegar a hacerles daño. Aprender a educar en positivo a nuestros hijos es básico para su desarrollo y su autoestima. ¿Quieres saber qué frases debes evitar de tu vocabulario y por cuáles sustituirlas para conseguir que tus hijos te escuchen y te hagan caso?

Las palabras sí importan

La motivación y El Efecto Pigmalión

Conseguir que los niños sean ordenados, estudiosos, alegres, sinceros, responsables, educados y cariñosos parece difícil pero no lo es tanto. Se puede motivar a los niños, desde la más temprana edad, para que aprendan y sepan lo que queremos de ellos y para ellos. La motivación es lo que más puede colaborar en la tarea de educar a los niños, ya que despierta en ellos una acción positiva en todo aquello que realizan. Pero a menudo se motiva negativamente a los niños consiguiendo justo el efecto contrario de lo que se desea.

cosas que nunca debes decirles a tus hijos

Hay una responsabilidad ineludible en cómo hablamos, en cómo tratamos a los demás. Nuestras palabras tienen un poder más grande de lo que imaginamos. ¿Conocéis el Efecto Pigmalión? Es lo que la pedagogía y la psicología definen como una expectativa o profecía auto-cumplida:  “Suceso por el que una persona consigue lo que se proponía previamente a causa de la creencia de que puede conseguirlo.”

La motivación negativa

Al hablar con los peques a veces utilizamos sin querer frases de motivación negativa de las que debemos prescindir. Cuando les dirigimos estas frases les producimos dolor y humillación, y la actitud negativa queda más reforzada. Debemos tener mucho cuidado con lo que decimos a los niños. Además de hacerles daño, podemos provocar que se acentúen las actitudes negativas. Por ejemplo:

Eres un desordenado – El desorden
Siempre estás fastidiando – Fastidiar aún más
Debes aprender de tu primo – Rechazo al primo
Así no llegarás a ningún sitio – Temor
Estoy harta de ti – Desamor
Ya no te quiero – Desamor
Aprende de tu hermano – Celos
Quedas castigado – Tristeza, venganza
Siempre te estás peleando – Me gusta pelear
Apártate de mi vista … no quiero verte –Desamor
No sabes estar quieto – Soy nervioso
Me matas a disgustos – Temor, desamor
Siempre estás peleando – Es lo mío
Cada día te portas peor – Soy así, soy malo
Eres un mentiroso – Lo mío es mentir
No sé cuando vas a aprender – Tristeza. No puedo
No me quieres nada – Desamor. Tristeza
Así no tendrás amigos – Es verdad
Se lo diré a papá cuando venga – Temor. Tristeza
Como sigas así te voy a castigar – Temor

¿Verdad que te ha pasado alguna vez y has exclamado, desesperada: “¡este niño está sordo! o ¡siempre hace lo contrario de lo que se le dice!”?

Por qué NO debemos etiquetar a nuestros hijos

Las etiquetas son atributos injustos para los niños. Los niños pequeños nos escuchan hablar y se creen lo que escuchan a pies juntillas, sin lugar a dudas. Las etiquetas negativas pueden convertirse en una profecía autocumplida, encasillan a los niños y los colocan en una posición injusta o generan expectativas inadecuadas. Por ejemplo: si Lucía escucha constantemente a su mamá decir que es una niña muy tímida, no hará ningún esfuerzo por relacionarse con los demás porque acabará convenciéndose de que ésa es su verdadera naturaleza. De la misma forma, si el papá de Mateo está diciéndole constantemente que es un niño muy malo, Mateo acabará portándose siempre mal ya que se convencerá que ése es, precisamente, el comportamiento que todos esperan de él.

Las peores etiquetas pueden tocar muy hondo. Muchos adultos todavía pueden recordar, vívidamente y con amargura, cuando su propio padre dijo que era un inútil, que no valía para nada, o algo por el estilo. Un enfoque mucho mejor es abordar el comportamiento específico y dejar los adjetivos sobre la personalidad de nuestros hijo fuera de él. Por ejemplo: en lugar de decirle a Mateo que es muy malo porque ha hecho llorar a su hermanita, su papá puede decirle que al actuar de esa manera los sentimientos de su hermana fueron heridos y preguntarle si se le ocurre alguna forma de remediarlo.

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Es decir, si tenemos que llamar a nuestros hijos la atención por algo debemos enfocarnos en lo que hizo mal y no generalizar. Es importante que empleemos siempre un discurso positivo. Si les etiquetamos, se lo creerán y actuarán siempre como ellos creen que esperamos que lo hagan.

Qué frases no debemos utilizar nunca al hablar con nuestros hijos

Estos son los pasos en falso verbales más comunes que las mamás y los papás hacemos, y las alternativas más amables. Aprendiendo qué frases debemos evitar de nuestro vocabulario para no desmotivarles, sabremos cómo hablar a nuestros hijos para que realmente nos escuchen y nos hagan caso.

1. “eres malo, Ya no te quiero”

Si utilizamos esta frase cada vez que nuestro hijo hace una travesura, se angustiará mucho y su malestar le llevará a portarse aún peor. Aunque nuestra intención no sea dañarlo, estamos etiquetándole con una cualidad negativa (es un niño “malo”) que, además, no es real.

Es mucho mejor decirle: “Te estás portando mal”. Así no lo etiquetamos, pero le haces ver que su actitud no es la adecuada. Otra opción es decirle: “No me gusta esto que haces”. Así criticamos su actitud, no a él como persona, y en lugar de mermar su autoestima le animamos a superarse y a ser más obediente.

Los niños necesitan saber que el amor de sus progenitores es incondicional y no cambia en función de su comportamiento. Para un niño pequeño, sus padres son lo más importante del mundo. Su ejemplo, su apoyo y su amor incondicional son la base de todo su bienestar y seguridad. Todo lo que les decimos, para ellos es verdad, y se lo creen con todas sus fuerzas. La manera en la que les tratamos y educamos marcan su personalidad y su vida adulta. Debemos transmitirles desde su más tierna infancia que el amor de unos padres por sus hijos es totalmente incondicional. No depende de que se porten bien o mal o actúen como esperamos. Por lo tanto, nunca les debemos hacer sentir que ya nos les queremos. Además de hacerles sentir mal y generarles frustración, crea en ellos un sentimiento de soledad e inseguridad real, que sólo fomenta cosas negativas. Demuéstrales siempre a tu hijos todo el amor que puedas y díselo constantemente.

En lugar de decirles cosas como “ya no te quiero”, “ojalá no te hubiera tenido”, “me gustaría que fulanito fuera mi hijo” y otras frases hirientes que les generan ansiedad, desazón y desconfianza, más nos vale controlar nuestra irritación cuando se muestran desobedientes, y explicarles pacientemente que aunque mamá y papá les van a querer siempre, hagan lo que hagan, a veces se pueden enfadar y si se portan mal se se sentirán tristes y decepcionados.

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2. “Eres tonto”

“Eres tonto”, “eres torpe”, “eres un cabezota”, “eres insoportable”... Además de no ser nada educativo, insultar a los niños tiene muchos efectos negativos para ellos. Atacarles verbalmente con frases como “eres tonto”, “no vas a ser nadie” o “no vales para nada” les inculca una sensación de pérdida de autoestima, malestar y fracaso. Además de todo el dolor añadido que les causamos al hacerles sentirse menospreciados e insultados por las personas que se supone que son las que más le quieren del mundo. En lugar de perder los papeles, debemos demostrar confianza y comprensión. Los niños pasan por una larga época de cambios desde que nacen hasta su edad adulta. Todos hemos pasado por ella y hemos necesitado afecto, ánimo, apoyo y confianza.

Si tu peque moja la cama, le cuesta sacar buenas notas o no muestra cierta torpeza en los deportes, en lugar de hundirles aún más, debemos instarles a seguir intentándolo. Tenemos que animar a nuestros hijos en todas las etapas de su vida y reconfortarles con nuestras palabras y comprensión.

3. “¿A quién quieres más, a papá o a mamá?”

Éste es un error bastante común en todas las familias, en donde también se incluyen hermanos, tíos, abuelas, abuelos, primos… ¡Y todas las variantes habidas y por haber! Es una aberración obligar a un niño a elegir un favorito de entre todas las personas a las que quiere. Es como si a nosotros nos pregunta alguno de nuestros hijos: ¿A quién quieres más, a papá o a mí? Nunca les preguntes esto a tus hijos y no consientas tampoco que nadie les haga este tipo de preguntas.

4. “No llores”

No nos damos cuenta de que, al pedirles a nuestros peques que no lloren cuando se hacen daño o se sienten mal, reprimimos los sentimientos y las necesidades de nuestros hijos. Y además, lo hacemos todos los días con frases como: “No grites”, “No llores”, “No te quejes”, “No protestes”… 

Lo único que logramos pidiendo a los niños que no lloren, es que entiendan que llorar está mal o que las emociones son algo vergonzoso que deben esconderse. A la larga esto puede traer problemas de emociones reprimidas. Todo esto hace que crezcan con todas estas necesidades dentro y luego en la vida adulta, lo exterioricen con algún déficit emocional o social. Acompaña, guía, respeta, educa, orienta, quiere…pero no reprimas sus necesidades. Además, con frases como “los chicos no lloran”, se realza lo masculino como un valor y lo femenino como un defecto relacionado con la debilidad.

Los niños pequeños no siempre pueden expresar sus sentimientos con palabras. Ellos se ponen tristes, se asustan, y lloran para exteriorizar sus emociones. En lugar de negarles sus emociones,  debemos empatizar y ser comprensivos. En primer lugar, tenemos que reconocer la emoción que el niño está sintiendo y después consolarle y ayudarle a gestionar sus sentimientos. Y nunca debemos ridiculizar sus emociones o minimizar las razones que provocan el malestar en nuestros hijos. No debemos decirle “No pasa nada, estás bien”, si se acaba de raspar la rodilla, se ha hecho sangre y le duele o se ha asustado. Si está llorando, es que no está bien.

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Nuestra misión es ayudarle a que entienda qué sucede y también enseñarle a lidiar con sus emociones, no descartarlas. Trata de abrazarlo y hazle saber que sabes cómo se siente: “esa caída ha sido muy fea” y luego pregúntale si quiere un beso y cúrale la pupita. Por ejemplo: Juan se quiere jugar con Pedro, pero Pedro no le deja coger su pelota. Juan se echa a llorar. Entonces le diríamos algo así como: “Sé que te sientes triste porque Pedro no te deja jugar con él a la pelota, pero si quieres podemos jugar tú y yo a otra cosa.” O bien: María se pone a llorar porque le da miedo bañarse en el mar. Entonces: “Sí, las olas pueden dar miedo cuando no estás acostumbrada a ellas. Pero sólo tendremos que estar aquí juntas y dejar que nos hagan cosquillas en los pies. Te prometo que no te voy a soltar de la mano.” 

Al nombrar los verdaderos sentimientos de nuestro hijo, le damos las palabras adecuadas para expresarse, le enseñamos a ser empático y le damos las herramientas necesarias para enfrentarse a sus emociones. Seguro que va a llorar mucho menos, a calmarse antes y aprenderá a describir sus emociones en lugar de llorar la próxima vez.

5. “Me tienes harta”

Si los peques piensan que hartan a quien más les quiere, entonces ¿quién les queda?, ¿ quién les “aguantará”? Esta frase y similares, minan la autoestima de nuestros hijos y les hacen sentirse inseguros y perdidos.

Educar en positivo a nuestros hijos, implica prestarles toda nuestra atención, apoyo y cariño constantes. Si les hacemos sentir rechazados o despreciados, estaremos inculcándoles unos valores tremendamente negativos.

6. “Cuando yo tenía tu edad…”

Frases como “Cuando yo tenía tu edad, hacía esto” o “Yo a tu edad lo hacía solito” se dicen a diario. Las comparaciones son odiosas y hacen daño. Y encima, con las de este tipo, les comparamos con nosotros mismos. ¡Un hándicap insuperable para un niño pequeño que trata de emular en todo a sus padres! Con estas expresiones subrayamos la incapacidad del niño para realizar una tarea, lo que aumenta su frustración y puede bloquear su aprendizaje. Además, eliminamos la figura de referencia que somos para él y nos transformamos en su rival.

Tenemos que ser conscientes de que nuestros hijos no son nosotros. Ni tampoco nadie más. Cada niño es un mundo y tiene su propio ritmo. Tenemos que respetar sus necesidades y confiar en ellos, todo llega y de manera natural. Por otra parte, puede que nuestros hijos tengan gustos y preferencias propias. A lo mejor tu hijo prefiere el ajedrez al fútbol, por más que tu de pequeño fueras la estrella del equipo.

Cuando le hablemos de nuestra infancia, debemos evitar el auto elogio y describirnos como niños que tuvieron que enfrentarse a las mismas dificultades que tiene él ahora. De esa forma el peque entenderá que aunque ahora hay muchas cosas que le resultan complicadas, con el tiempo logrará hacerlas solo. Y así vivirá esperanzado e ilusionado.

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7. “Cállate ya”

Esta frase cohibe a nuestros hijos. Les hace sentir que, en algunas situaciones, molestan a sus papás. A menudo somos nosotros los que no sabemos ser comprensivos. Los niños hacen y dicen cosas de niños, ¡resulta inevitable! Y aunque también lo sea que los padres nos sintamos molestos e incómodos a veces, debemos evitar pedirles que guarden silencio, que se vayan a su habitación, etc. Los peques tienen tanto derecho a expresarse como nosotros.

En lugar de mandarles callar, podemos pedirles que empleen un tono de voz más bajo porque estamos haciendo algo para la que necesitamos concentrarnos, o indicarles que aunque su conversación es muy interesante, continuaremos con ella dentro de un ratito porque en ese momento tenemos algún deber que cumplir.

8. “Se lo voy a decir a tu padre y ya verás cuando llegue

Aquí se cometen dos errores graves: el primero, meter miedo y amenazar a los hijos. Así sólo fomentamos el que se muevan por la vida con miedo y que hagan las cosas por miedo a ser castigados, no por su motivación interior.

El segundo, es darle más importancia a uno de los progenitores. Lo único que le enseñamos con esto, es que la sumisión forme parte de su vida y de su personalidad, así como a que hay que seguir siempre al más fuerte y obedecerle. Cuando en realidad, deberíamos educar a nuestros hijos para que sean dueños de su propia vida. Debemos educar a nuestros hijos desde el respeto y la empatía.

Además, aquí también se emplea una distinción sexista e injusta. Cuando una madre le dice a su hijo: “Se lo diré a tu padre” se está desentendiendo del problema, socavando su propia autoridad (“¿Por qué debería hacer caso a mamá si lo que ella dice nunca importa?”), delegando la responsabilidad de la educación de su hijo en el papá, otorgando un rol negativo al padre y haciendo que los niños acaben por sentir miedo del momento en que el progenitor llegue a casa. ¡Y ningún peque debería tener miedo de su papi! El momento en que éste llega a casa, debería ser vivido como un instante feliz y positivo; y no aguardado con recelo, nerviosismo y temor.

Este cliché de crianza no es más una amenaza. Para ser eficaces, ambos papis tienen que hacerse cargo de la situación. Y de inmediato. La disciplina que se pospone no conecta las consecuencias con las acciones de tu hijo. Además, la agonía de anticipar un castigo puede ser peor que lo que merecía la falta original.

9. “Puedes hacerlo mejor”

Es verdad que cuanto más practiquen los peques, más afinarán sus destrezas. Pero resulta del todo innecesario que les sometamos a ningún tipo de presión. Los niños tienen que disfrutar realizando sus actividades, sin que ello implique ansias de ganar o ser el mejor. No podemos darles el mensaje de que si en alguna ocasión fallan es porque no entrenaron o se esforzaron lo suficiente. Porque puede que no sea así. Debemos mostrarnos orgullosos tanto de sus triunfos como de sus esfuerzos, con independencia de los resultados finales.

“Puedes hacerlo mejor” no es una manera de infundirles ánimo para cumplir un objetivo, sino una crítica contraproducente que mermará la confianza en sí mismos. Como las comparaciones, las presiones pueden calar hondo negativamente de maneras que los padres ni nos imaginamos. El aprendizaje es un proceso de ensayo-error. Y cada peque tiene su ritmo. Frases similares como “¡Ya era hora!” se van acumulando en el subconsciente del peque, que escucha como mensaje subyacente: “nunca hace nada bien” y malinterpreta nuestra intención de animarle a ser mejor.

Además, realmente no es necesario ser el mejor en nada. Basta con disfrutar. Y con que sepamos educar a nuestros hijos para que sean la mejor versión de sí mismos. Ni más ni menos.

10. “¡Date prisa!”

Esto es algo que le pasa a todo padre cuyo hijo no puede encontrar sus zapatos o no sabe ponerse los calcetines por sí mismo. Los niños son más lentos que los adultos atándose los zapatos, comiendo o recogiendo sus cosas. A veces es porque se ven obligados a hacer cosas que no les resultan divertidas. Otras, porque aún no tienen la destreza psicomotora necesaria para hacer determinadas actividades sin concentrarse lo suficiente. Presionarlo para que se apresure crea estrés adicional y resulta contraproducente.

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Controla tu tono de voz cuando le pidas a un niño que se dé prisa, y también con qué frecuencia se le dice. Suaviza tu tono diciéndole “démonos prisa” lo que le envía un mensaje de que ambos están en el mismo equipo. O quizás lo puedes convertir en un juego: “¡a ver quién se pone los pantalones primero!”.

En general, trata de mantener la calma y organízate mejor. Levántate una hora más temprano para que el tiempo te alcance o deja las cosas listas para el día siguiente. Decirle siempre “date prisa”, cuando quien lleva retraso eres tú, lo estresa y terminará sintiéndose tan presionado o más que tú. Hay cierta tendencia a hacer que nuestros hijos se sientan culpables cuando estamos estresados. La culpa puede hacer que se sientan mal, pero no motivar a que se muevan más rápido.

Es mucho más eficaz explicarles el tiempo que nos llevará hacer tal cosa o bien avisarle de que nos vamos a ir y que se tiene que ir preparando.

11. “Estoy a dieta”

Si estás tratando de perder peso, no se lo digas a los niños. Si ellos te ve pesándote en la báscula todos los días y te escuchan decir que estás gorda, o que no te gustas a ti misma, es posible que desarrollen una imagen negativa de su cuerpo.

Es mejor decir: “Estoy comiendo saludable porque me gusta la manera en que me hace sentir.” Aplica la misma táctica para cuando hagas ejercicio. Si le dices: “hago ejercicio porque es bueno para la salud” les inculcarás hábitos de vida saludable y quizás les inspires y animes a que te acompañen.

12. “No tenemos dinero para comprar eso”

Es una respuesta casi automática cuando los niños nos piden un juguete de moda. Pero hacer eso les envía un mensaje de inseguridad que puede asustarles. Además, te podrían echar en cara que después comprarás algo costoso para ti o para la casa.

Escoge una frase alternativa para enviar enfatizar la misma idea, como: “No vamos a comprar eso porque estamos ahorrando para comprar cosas más importantes” o “No podemos gastar tanto dinero en juguetes porque hay otras cosas que son más necesarias”. Es el momento perfecto para enseñarles el concepto de ahorro y cómo deben manejar el dinero de forma correcta.

13. “No le hables a extraños”

Éste es un concepto muy difícil para que ellos lo entiendan. Es posible que actúen de manera antisocial con las personas que no conocen aunque sean amables con ellos. Además, los niños puede que tomen esta regla al pie de la letra de manera incorrecta y se lleguen a resistir a hablar con su profe nueva, a que les ayude la policía o a ser rescatados por los bomberos, a quienes tampoco conocen.

En vez de advertirles acerca de los extraños, dales ejemplos con situaciones reales: ¿Qué harías si un hombre que no conoces te ofrece un caramelo y llevarte a casa?”. Déjales que se expliquen para saber qué harían, luego guíales hacia las acciones correctas. Según las estadísticas, en la mayoría de los casos de niños secuestrados está involucrada una persona que los chicos conocen. Es mucho más práctico enseñarles a razonar y valorar las distintas situaciones y apoyarles para que confíen en su propio instinto: “Si alguien te hace sentir triste, asustado o confundido, debes decirme enseguida.”

Tampoco viene nada mal ensayar con ellos un plan de ayuda en situaciones de peligro. Por ejemplo, si ya tienen edad suficiente, enséñales a quién llamar si necesitan ayuda en casa o a qué personas pedir ayuda si un día se pierden en la calle.

14. “Sólo me das disgustos”

Al escuchar esto, tu hijo sentirá que es una carga o un estorbo para ti y que en lugar de hacerte feliz te hace infeliz. Es una manera de decirle que no lo quieres, lo que hace que se sienta triste, solo y rechazado. Trata de explicarte mejor y dile que no se está comportando de la manera adecuada y que eso te está molestando.

15. “Te voy a castigar”

De vez en cuando, esta llamada de atención funciona bien, pero si abusas de ello o no cumples con la advertencia, esto tendrá un efecto negativo en el niño. Nunca le digas que tomarás medidas si no estás dispuesto a cumplirlas. En lugar de amenazar, sobre todo a los más pequeños, que tienden a repetir las travesuras independientemente del castigo que les des, es mejor alejarlos de la situación y llamar su atención hacia otra actividad. Si el niño es más grande, aplica la sanción que le pusiste pero explicándole por qué lo haces.

Las amenazas del tipo “Más te vale que hagas… sino…” sólo consiguen educar en el temor. En el mejor de los casos, el peque hará lo que se espera de él pero no porque lo perciba como la manera correcta de comportarse, sino por temor al castigo que vendrá si actúa de la forma contraria.

Las amenazas son el resultado de la frustración parental y rara vez son eficaces. Cuanto más joven es el niño, más tiempo necesita para asimilar una lección. Los niños menores de 3 años suelen repetir sus travesuras incluso en el mismo día. No importa qué tipo de disciplina se utilice.

Cuando mi hijo tenía 12 meses, se acostumbró a mojarse las manos en el bebedero de los gatos. Por más que le regañábamos y le indicábamos que eso no debía hacerse, al ratito volvía a hacerlo. Nos dimos cuenta de que no nos estaba entendiendo bien y de que le parecía divertido que le prestáramos tanta atención cuando se mojaba las manos en ese plato del suelo. Cada vez que quería llamar nuestra atención, iba directo al bebedero. Entonces cambiamos de táctica: cada vez que iba a repetir esta acción, desviábamos su atención con una propuesta más original y divertida, ¡como pintar con los dedos o leer un cuento! Lo cual resultó ser mucho más eficaz: en pocas semanas, dejó atrás esta mala costumbre.

Incluso con niños mayores, es más eficaz desarrollar un repertorio de tácticas constructivas, como la redirección de su atención.

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16. “Por qué no eres como…”

No lo compares con ninguno de sus amigos ni primos, y mucho menos con sus hermanos. Cada niño es muy diferente al otro y no por eso uno tiene que ser malo o peor. Dale la oportunidad de ser auténtico, de ser él mismo. No tiene que ser la copia de nadie, ni del más educado ni del más estudioso.

Puede ser que parezca útil mantener a un hermano o amigo como un ejemplo brillante. “Mira lo bien que come Teresa” o “¿Por qué no duermes tú también solito como Juan?” Las comparaciones casi siempre son contraproducentes. Tu hijo es él mismo, no Teresa o Juan.

Es natural que los padres comparemos a nuestros hijos (sobre todo a los pequeños con los mayores), porque así es como buscamos un marco de referencia sobre los logros, comportamiento, aprendizaje o desarrollo de nuestros hijos. Pero no dejes que tu hijo os oiga hacerlo. Los niños se desarrollan a su propio ritmo y tienen su propio temperamento y personalidad. Al comparar a tu hijo con otra persona, sea quien sea, él entiende que no te gusta cómo es él y que te gustaría que fuera diferente.

Hacer comparaciones tampoco ayuda a cambiar el comportamiento. Son confusas para un niño pequeño y pueden minar su autoestima y su confianza. En su lugar, es mejor estimular sus propios logros.

17. “No molestes” o “déjame en paz”

Todos los padres necesitamos un respiro de vez en cuando. Pero cuando nuestros hijos escuchan habitualmente que les decimos: “No me molestes”, “déjame tranquila” o “estoy ocupada” internalizan ese mensaje y empiezan a pensar que no tiene sentido hablar con nosotros porque siempre estamos tratando de quitárnoslos de encima.

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Desde la infancia, los niños deben adquirir el hábito de ver a sus padres tomarse un tiempo para ellos mismos como personas y como pareja. Contratad un canguro una vez al mes, pedidle a vuestra pareja o a un pariente que cuide de los niños o déjales que vean media hora de dibujos animados al día para que podáis descansar y recargar las pilas.

El tiempo que pasamos con nuestros hijos debe ser tiempo de calidad. Pactar con ellos un tiempo para trabajar, hacer la comida, descansar, leer un poco o limpiar la casa a cambio de dedicarles toda nuestra atención después, también es una buena idea. Podemos decirles algo así como: “Mamá tiene que terminar una cosa, así que necesito un poco de silencio durante un rato para poder concentrarme y hacerlo bien. Cuando termine, vamos a salir a la calle.”

Claro, todo depende de la edad del peque. Sed realistas: un niño de 2 años no se entretendrá solo mucho más de media hora.

18. “Lo entenderás cuando seas mayor”

Este mensaje transmite a los niños la idea de que la gente mayor lo sabe todo y ellos, como son pequeños, son unos ignorantes. Y en realidad lo utilizamos cuando somos nosotros los que no sabemos cómo explicarles una cosa. No hay nada que un niño no sea capaz de entender si se le explica adecuadamente, adaptando el mensaje a un lenguaje sencillo para ellos.

Si realmente no conocemos la respuesta, es mejor reconocerlo delante de nuestro hijo y animarle a buscarla juntos. Si efectivamente la sabemos, pero se trata de un tema difícil o inadecuado, debemos proporcionarle una respuesta adecuada a su edad que satisfaga su afán de conocimiento y su curiosidad pero sin entrar en demasiados detalles.

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19. “Estate quieto que me estas volviendo loca”

Los niños pequeños tienen una energía desbordante y a menudo nos pueden irritar o agotar porque no somos capaces de aguantar su ritmo. En lugar de hacerles sentir tristes y culpables o de esperar un comportamiento antinatural en ellos (quedarse quietos), podemos decirles:  “Lo que estás haciendo no me hace feliz “, “ese comportamiento es una mala idea” o “mamá está cansada, deja que descanse un poco para que pueda seguir jugando contigo luego”.

20. ¿Qué es lo que te pasa, es que no lo entiendes?

Esta frase ridiculiza y empequeñece a nuestros hijos. Les acusa injustamente de ser unos ignorantes porque no obedecen o actúan como esperamos de ellos. Si nuestros peques persisten en una actitud inadecuada o molesta, podemos indicarles nuestro desagrado de mejores formas, como:  “Eso que estás haciendo ahora mismo no me gusta porque…”

Y además de no decirlas…

Cuando te dirijas a él, evita también emplear un tono fuerte o una actitud agresiva ya que puede herirle más que las palabras. No le eches la culpa de todo como frases como “tardas tanto que no tengo tiempo de nada” y no le corrijas delante de los demás (se sentiría humillado). No generalices ni etiquetes y respeta sus ritmos y su forma de ser.

Explícale las cosas y háblale siempre con mucho cariño, tanto si se está portando bien como si no, y atiéndele con respeto e interés. Así estableceréis una comunicación sana que os facilitará mucho la convivencia. Además, de esta manera lograrás que tus hijos te escuchen y te hagan mucho más caso.

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las alabanzas: en su justa medida

El refuerzo positivo es una de las herramientas más eficaces que tenemos los padres a la hora de educar. El problema viene cuando el elogio es vago, indiscriminado o generalizado. No podemos felicitar constantemente a nuestros hijos por cada pequeña cosa que hacen (desde terminar se la comida hasta lavarse los dientes). Si les elogiamos constantemente, las alabanzas perderán por completo su sentido.

Debemos alabar sólo los logros que requieren un esfuerzo real. Lavarse las manos antes de comer no es suficiente. No tiene mérito alguno ni requiere esfuerzo. Tan sólo es algo que debe hacer y ya está. Tampoco hacer un dibujo es suficiente, si se trata de un niño al que se le da bien pintar y hace decenas de dibujos todos los días.

Debemos de ser específicos en nuestros elogios y también en nuestras críticas. En lugar de “Buen trabajo” o “Mal hecho”, podemos decir: “Me encantan los colores alegres que escogiste y qué bien hiciste las hojas del árbol.” O “Para que la parte del tejado sea más bonita, la próxima vez puedes utilizar un color más clarito.”

Para no generalizar ni etiquetar, debemos alabar el comportamiento en lugar de al niño: “lo que le has dicho a la abuela era muy bonito.” En lugar de “eres un niño bueno y cariñoso.” Por supuesto, podemos decirle esto último también puntualmente, pero lo primero es más eficaz para que el niño entienda exactamente qué conductas son positivas y a que nos referimos cuando nos sentimos tan orgullosos por lo que ha hecho.

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