Y otra vez visitas, la pesadilla de los padres primerizos

Y otra vez visitas, la pesadilla de los padres primerizos

Una de las cosas que más nos agobiaron al principio de la maternidad, era el vaivén de visitantes. Los bebés vienen con visitas debajo del brazo. Es inevitable. Y vais a pagar la novatada de las visitas.

Ya sé que comenzar así este post no es muy esperanzador, pero ¿quién se atreve a decirle a sus padres que no vayan al hospital cuando te pones de parto? Eso es justo lo que nos recomendó nuestro ginecólogo una y otra vez durante nuestras últimas visitas de reconocimiento: “los abuelos, que vayan a ayudar a casa cuando os den el alta 48h después. En el hospital, no aceptéis visitas”.

Pero claro, ¡cómo iba yo a decirle a mi madre que no fuera la primera en ver a su primer nieto! Y si mis padres iban a tener derecho a estar allí, ¿cómo les íbamos a negar la presencia a mis suegros? Era un momento muy especial en nuestras vidas, probablemente el más importante, así que a nosotros nos apetecía compartirlo al menos con nuestros padres… Y al final, se nos fue totalmente de las manos. Antes de que nos diésemos cuenta, por el hospital desfilaron abuelos, tíos, hermanos, primos y amigos. ¡A nuestros padres las enfermeras les tuvieron que regañar porque no paraban de incordiar por los pasillos durante las horas que pasamos en la sala de dilatación! (¡Y menos mal que estábamos allí, y no en la habitación!).

Y ahí no acabó la cosa. Dos días después, toda la comidilla nos siguió en fila india hasta casa… ¡Y allí se quedaron 20 días! Nuestra pequeña casa estaba siempre llena de gente, y cuando creías que ya era imposible encontrar una silla libre para alguien… ¡el timbre volvía a sonar! La familia y los amigos llegaban en grupos y las visitas se solapaban entre sí. Mi familia venía de fuera, así que prácticamente convivían con nosotros. Mi marido tiene una gran familia que no paraba de ir y venir. Y los amigos llegaban casi sin avisar, en cualquier momento. Estábamos agotados y desesperados. No encontrábamos ni siquiera sitio para sentarnos en nuestro propio salón. Teníamos docenas de personas en nuestro salón en plena ola de calor y a todo ello se sumaba el cansancio acumulado de nuestra recién estrenada paternidad, los primeros días de vida de un bebé son los más felices, pero también los más duros porque hay que adaptar la rutina a los horarios del bebé (lo que supone un cambio radical en los horarios de desayuno, comida y resto de costumbres) y arrastrábamos horas y horas de sueño acumuladas. Yo ya estaba harta de la cantidad de “consejitos” gratuitos de madres que habían criado a su último hijo con métodos recomendados hace 40 años y Miguel no paraba de llevar y traer a familiares en coche. Nos cruzábamos por el pasillo como zombies… ¡Y hasta se nos habían quitado las ganas de sonreír! El primer baño de nuestro hijo fue un auténtico circo: allí había fotógrafos espontáneos y videógrafos aficionados (no tenemos ni una sola imagen buena de ese momento, por cierto) y abuelos dando consejos a diestro y siniestro mientras el bebé no paraba de llorar como un loco. Los días de permiso del recién estrenado papá se acababan y no nos habíamos quedado a solas con nuestro bebé ni un solo minuto. No habíamos podido disfrutar de un tiempo de adaptación a los nuevos horarios del peque y al final tomamos una medida drástica y desesperada: literalmente, les echamos a todos.

Las visitas son inevitables cuando nace un bebé, pero a tiempo pasado se me ocurren algunos consejos prácticos para sobrevivir a estos primeros y caóticos días.

En el hospital, limita al máximo las visitas.

Las visitas en el hospital son completamente innecesarias y resultan molestas y agotadoras. La mamá está recién parida, probablemente anémica, dolorida y agotada. No tiene ninguna gana de que la saquen fotos y necesita tranquilidad. El bebé acaba de llegar a un mundo nuevo y completamente desconocido para él y cuanta mayor tranquilidad haya a su alrededor, tanto mejor. Papi ha pasado por momentos de nerviosismo y también está cansado. Decidles con franqueza a vuestros familiares y amigos que estáis exhaustos y que éste no es el mejor momento para haceros una visita. Procurad que las visitas de vuestros padres y familiares más cercanos sean breves y dentro de un horario razonable. Si podéis evitar cualquier tipo de visita inmediatamente después del parto, mucho mejor. Las horas inmediatamente posteriores al alumbramiento son vitales para que el bebé y la mamá empiecen a establecer la lactancia materna con buen pie y ambos necesitan descansar. Al día siguiente tendréis muchas más ganas de presentarles a vuestro bebé. La Guía Infantil da una serie de recomendaciones para los visitantes que son la mar de útiles.

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Una vez en casa, establece un horario de visitas con turnos breves y escalonados.

Si estáis pensando en dejar que vuestros padres se muden a vuestra casa para ayudaros, ya os digo de antemano que (a no ser que haya habido alguna complicación y necesitéis seriamente un par de manos extra), la ayuda que recibiréis no compensa las molestias. No me malinterpretéis: ¡me encanta ver a mis padres disfrutar del enano! Pero desengañaos de una vez por todas: los abuelos no vienen a echar una mano, vienen a disfrutar del bebé. ¡Como debe de ser!

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La mejor ayuda para la mamá primeriza, no es que siempre haya alguien dispuesto a sacarle de la cuna al bebé cada vez que consigue dormirle, sino que le eche una mano en las tareas domésticas y cotidianas para permitirle estar la mayor parte del tiempo con su pequeño. Además, también tenéis que salvaguardar vuestra intimidad de pareja. Por mucho que estéis orgullosos de vuestro retoño, todo el mundo le acabará conociendo a su debido tiempo. Lo único importante por el momento es que vosotros lo acabáis de conocer y necesitáis tiempo para familiarizaros con él. No consintáis que la casa se os llene de visitas y que además establezcan ellos cuál es el mejor momento del día para pasarse a veros. Puede que las visitas traigan pasteles, pero no traen café recién hecho. Al final, sacrificaréis horas de necesario descanso para atenderles y tener la casa lista para los siguientes visitantes. Pensad bien si es así como queréis estrenar vuestra recién adquirida paternidad.

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pensad en vuestro bebé antes que en los demás.

Eso incluye cerrar los oídos a los consejos gratuitos contrarios a vuestras decisiones como familia. Tal vez hayas decidido dar el pecho y te encuentres rodeada de mujeres que te aconsejen introducir “biberones de ayuda” o hayáis decidido practicar el colecho y haya quien se horrorice ante la idea de compartir vuestra cama con un bebé. Todas las mamás que hayan criado o educado a sus hijos de forma diferente a la vuestra defenderán con uñas y dientes su actuación por la sencilla razón de que cada una está convencida de que ha hecho lo mejor para su bebé. A veces es difícil no enfadarse, pero intenta ser comprensiva. Todos esos consejos son bienintencionados, incluso los que parecen críticas. Puedes tratar de explicar vuestra postura, pero si esto no funciona lo mejor es marcar límites y exigir tolerancia y respeto desde el principio. Recuerda que más vale una vez colorada que ciento amarilla. Los únicos consejos que no debéis ignorar son los de los profesionales de la lactancia, matronas, médicos, ginecólogos y pediatras. Da igual lo que digan tu hermana, tu madre, tu suegra o tu mejor amiga. Tú también tienes derecho a hacer aquello que crees firmemente que es lo mejor para tu bebé. Piensa en él antes que en los demás. En lo que necesita y en lo que crees que es mejor para él, en lugar de en lo que satisface más a los demás. Si no queréis que nadie le coja mientras duerme, si habéis decidido que le bañaréis por la mañana en vez de por la tarde, o que el baño del bebé será cada dos días y preferís portear a vuestro bebé en lugar de llevarle en cochecito, defended vuestra postura y no cambiéis de idea por complacer a madres, suegras o abuelas.

lactancia materna

los comentarios negativos no aportan nada

Tendréis oportunidad de comprobar por vosotros mismos como se da un fenómeno curioso cuando ponéis un bebé en brazos de determinadas personas (generalmente mujeres mayores o de mediana edad). Le observarán durante un segundo, soltarán un tierno “Ohhhh” y, en seguida, comentarán algo del estilo: “¡No sé cómo hay gente que puede hacerles daño! Sin ir más lejos, el otro día salió en la tele…” ¡Y a ti se te queda cara de póquer e instintivamente te dan ganas de arrancarle tu perfecto y a salvo recién nacido de los brazos y de meterle en una burbuja de cristal hasta que cumpla la mayoría de edad! Yo no sé qué tipo de mente enferma reacciona de esa manera cuando pones en sus brazos un bebé precioso y completamente sano, ¡pero esta reacción se da con mucha frecuencia! Este tipo de comentarios funestos y negativos te van llenando poco a poco de ansiedad si resultan demasiado repetitivos. Córtalos de raíz. Una buena táctica es cambiar rápidamente de tema. Evitad a los vampiros emocionales y a las personas negativas que restan energía y felicidad. Es un momento para relajarse y disfrutar, no para angustiarse y sufrir.

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(Imágenes vía IMujer Huffington Post)

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