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¡Somos un equipo!

El primer día que llegas a casa con tu bebé en brazos es también el primer día que lo sientes por primera vez como realmente tuyo. Atrás quedan los dos días obligatorios de ingreso hospitalario, donde tanto la mamá como el bebé están en un ambiente controlado, constantemente atendidos por un equipo médico de ginecólogos, pediatras, matronas, enfermeras y auxiliares sanitarios. Ahora estáis solos vosotros y él. Y de repente, surgen un montón de inseguridades. En el fondo subyace un único temor: “¿Lo estamos haciendo bien?”

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La crianza de un bebé es realmente algo muy instintivo y en seguida aprendes a diferenciar las diferentes cosas que necesita en cada momento. En realidad no son tantas. Un bebé no sabe lo que cuesta un cochecito ni si es el mejor del mercado. No entiende de marcas y lo mismo le da ir en patucos que con unas Adidas diminutas. Él sólo necesita estar calentito, comer, dormir y mucho cariño. Nunca se me olvidarán esos primeros días en los que, mientras daba el pecho al enano y veíamos como se iba quedando dormidito, Miguel y yo nos mirábamos y él me decía: “¡Qué bien lo estás haciendo!”. ¡Aunque él mismo no tuviera ni idea de si era cierto!

Las primeras semanas después de la llegada de un bebé a casa son maravillosas pero también muy duras y hay que aprender a tener paciencia porque os estáis conociendo. Además, el peque lo revoluciona todo porque tienes que adaptarte a sus horarios. Te cambia la hora del sueño y de la comida, te trastoca todos tus hábitos y tu rutina. Al principio cuesta mucho organizarse para salir de casa, hacer la compra, las tareas domésticas… ¡y hasta ducharte! El bebé requiere atención constante y cuando no necesite nada, probablemente llore sólo para reclamar tu compañía. Frustrarse no tiene sentido. A mí me gusta pensar que mi familia es un equipo. Los primeros días me sentía absolutamente responsable de todo cuanto tenía que ver con mi bebé porque, claro, YO ERA SU MADRE. Si me tomaba un descanso de 5 minutos y escuchaba llorar al peque, salía disparada… ¡aunque estuviera sentada en la taza del water! Hasta que un día en el que había por lo menos 6 personas de visita en casa, mi hermana me vio salir de la ducha cuando llevaba apenas 5 minutos porque escuché llorar a mi bebé y me dijo: “Tania, relájate. ¡El niño también tiene padre y abuelos!” Todo un bofetón de pura lógica.

Esto que parece muy elemental, es un error de comportamiento típico de las primerizas: queremos abarcarlo todo para demostrarnos a nosotras mismas lo capaces que somos. Competir con uno mismo resulta realmente agotador… ¡Mi espalda es muy pequeña para llevar encima todo el peso del Mundo! Así que tuve que asimilar que tengo derecho a sentirme cansada y, claro está, a equivocarme. Y no pasa nada, no hay que sentirse culpable. Para Miguel y para mí, cuidar de Diego ha sido desde el principio un trabajo en equipo. Cuando uno de los dos ya no puede más, ahí está el otro para tomar el relevo. Y quizás sea ese enfoque el que nos ha salvado de tener la típica crisis de pareja que todos nuestros amigos nos advertían que llega con el agotamiento y el estrés de los primeros meses de vida de un bebé. De hecho, nos sentimos más unidos que nunca. Diego es lo mejor y más grande que hemos hecho juntos en toda nuestra relación de pareja. Y, evidentemente, ¡lo hemos hecho en equipo!

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No nos sentimos esclavizados por él, al contrario: disfrutamos mucho de él y con él y nos esforzamos mucho por conocerle, averiguar cómo es, lo que siente y quiere en cada momento, cuáles son sus preferencias, cómo las expresa y cuál es la mejor manera de satisfacer sus necesidades. No sólo las físicas, también las emocionales. ¡Es una gozada interactuar con él, estimularle y ver cómo poco a poco desarrolla su personalidad y su carácter!

Saber si lo estás haciendo bien no es algo tan difícil. No hay ningún examen al final del día ni se compite por ganar ningún trofeo. El único medidor realmente eficaz para mí, es el índice de felicidad de mi familia.

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